La banda de Camden desató nostalgia, humor y crítica en la noche del Icónica Santalucía Sevilla Fest, con formación casi intacta y una colección de himnos obrero-festivos: pura elegancia militante frente al desastre.
La historia de Madness arranca en los pubs, calles y parques de Camden Town a mediados de los 70. Jóvenes de clase trabajadora, fanáticos del reggae jamaicano, la música soul, el pop de los 60 y las pelis de gánsters británicos de segunda fila. Originalmente se llamaban The North London Invaders, y tras varias formaciones se consolidan como Madness, en honor a un tema de Prince Buster, uno de los padres del ska. Desde el principio fue un grupo raro: siete músicos, casi todos con formación limitada, pero con una energía escénica única y fuera de época. No eran punks ni mods, pero conectaban con ambos. No eran virtuosos, pero sabían hacer bailar.
¿Ska? ¿Pop? ¿Cabaret cockney? Madness inventaron su propio lenguaje musical: ska-pop con alma de music hall, cargado de sarcasmo, costumbrismo y cierta tristeza escondida.
Todo con una puesta en escena entre payasada y denuncia. Las melodías eran alegres, pero hablaban de alienación, rutina, familias disfuncionales, amores fallidos… Canciones como My Girl, Baggy Trousers o Embarrassment retrataban con conciencia y detalle las vidas de la clase trabajadora. Más de 20 singles en el Top 40 británico en menos de una década, y sin perder nunca su acento ni su acidez.
En 1982 tuvieron su mayor éxito, el pop perfecto de Our House, un retrato de la vida cotidiana en un hogar de la clase trabajadora británica, con nostalgia, cariño y algo de caos. En 1986, tras el disco Mad Not Mad, el grupo se disuelve como una banda de amigos que, sencillamente, necesitaba descansar.
Evidentemente, apenas pasa tiempo para que empiece la reivindicación. Llegan las recopilaciones y reuniones puntuales como Madstock! (1992), con más de 75.000 personas en Finsbury Park.
De su vuelta a los estudios, resaltemos The Liberty of Norton Folgate (2009), que explora la historia de Londres y la inmigración a través de un ciclo de canciones, con temas sobre distintos barrios y oleadas migratorias.
En la tarde-noche del domingo, nos encontramos con que, casi medio siglo después, Madness pisa suelo hispalense por primera vez, y con casi toda su formación original intacta: Suggs (Graham McPherson) al frente, acompañado por Lee Thompson al saxo, Chris Foreman en la guitarra, Mike Barson en los teclados, Dan Woodgate a la batería y Mark Bedford al bajo. ¡Chas Smash, te lo perdiste!
La sorpresa, o no, fue el arranque con One Step Beyond, que más de uno esperaba como bis. El protagonista fue en ese momento, y en muchos otros, Thompson, con su saxo tenor marcando el camino en esta versión sólida del clásico de Prince Buster, un tema que en los 60 fue de culto en Jamaica y que Madness convirtió en emblema generacional en pleno thatcherismo.
En una hora y media despacharon veinte temas (y uno más, digamos), recorriendo buena parte de su discografía e ignorando casi por completo su último trabajo: Theatre of the Absurd Presents C’est la Vie (2023). De ahí rescataron NW5, uno de sus últimos temas más celebrados. Pero estábamos en un tour de nostalgia, de la buena, de la de celebrar. Muchos de los presentes crecieron viendo sus videoclips en los salones de sus padres. El objetivo era revivir aquellos himnos. Y Madness, por supuesto, cumplió encantado.
El concierto se desarrolló entre la sobriedad vocal de Suggs y los delirios teatrales de Thompson. Las proyecciones combinaban imágenes de la banda en directo, animaciones y collages que bien podrían haber sido obra de Terry Gilliam.
Embarrassment fue especialmente emotiva, sobre todo para quien conoce la historia que encierra su letra: la vergüenza familiar ante un embarazo interracial. Una pieza que condensa como pocas el imaginario de Madness, acompañada por proyecciones que ilustraban con sarcasmo esa supuesta vergüenza. Antes de The Prince (otra versión de Prince Buster), un guiño a capela de Suggs cantando Help. También tuvo el coraje de denunciar el genocidio sobre el pueblo palestino, reivindicando la creación de dos estados como solución de paz. Denunció además la corrupción de la clase política. Todavía es necesario hacerlo, lamentablemente. Pues esto es Madness también. Parece que su éxito de cerca de cinco décadas no ha nublado la visión primigenia de su creación.
Con House of Fun se terminó de desatar el delirio que aún parecía contenido. El público estalló, y la banda lo notó. Baggy Trousers sonó con aún más garra, ese himno escolar que vendría a ser el reverso luminoso de Another Brick in the Wall Pt. 2. Luego, la siempre celebrada Our House, coreada a pleno pulmón, y más aún It Must Be Love, que convirtió el recinto en un karaoke colectivo.
¿Fin del concierto? Sólo un amago. No podían dejar Sevilla sin otra versión de Madness (Prince Buster de nuevo) y Night Boat to Cairo. Como curiosidad, entre el público había un buen número de asistentes con tarbushes, la inmensa mayoría de ellos británicos que parecía que habían hecho del viaje una excusa perfecta para reencontrarse con su banda de siempre. Como suele ocurrir en los conciertos del Icónica, la media de edad era alta, tanto como las ganas de estar allí.
Uno hubiera esperado (y no necesariamente preferido) Wings of a Dove como colofón. Al menos no se quedaron en el tintero Grey Day, Shut Up o la muy aplaudida Return of the Los Palmas 7. Bien es cierto que no se puede con todo, y que faltaron algunos clásicos como Cardiac Arrest, Michael Caine y la muy popular en directo Driving in My Car. Ahí quedó la lección de baile cockney y burla afilada de primera.
Bajo su humor, Madness frunce el ceño con una mirada incómoda sobre la realidad que les rodeaba (y rodea), y también sobre lo que eso deja dentro. Madness sigue siendo una banda teatral, política, combativa, una especie de retrato del universo imaginario británico: como cruzar a The Kinks con Monty Python, ska, pop y una visión que evita el miserabilismo y añade sarcasmo al asunto. de ahí que, al terminar la velada, sonó Always Look on the Bright Side of Life. Un gran resumen de la idiosincrasia de estos pícaros de Camden.
De vuelta a casa, nos preguntábamos cómo irán Los Toreros Muertos. No hacían ska, pero compartían humor absurdo, sátira y espíritu callejero, todo envuelto con un desmadre coreable.
Lo dicho: una noche de nostalgia, pero de la buena.




