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Manuel Liñán se resiste a seguir caminos preestablecidos y prefiere moverse por zonas menos cartografiadas. Su nuevo trabajo, Bailaor@, que se muestra en preestreno en el Teatro Municipal Villa de Torrox dentro del programa In-Progress, pertenece a un lugar donde la identidad no se declara, sino que ocurre.

 

Lo primero que llama la atención en esta propuesta es la ausencia de justificación. En un tiempo en que casi todo llega acompañado de manifiestos, notas de intención o discursos de gran calado, Liñán decide lo contrario: bailar sin pedir permiso. No porque rechace el pensamiento que rodea al flamenco contemporáneo, sino porque, en este caso, la reflexión ya está encarnada.

El artista granadino, distinguido con el Premio Nacional de Danza en 2017, ha transitado durante años un camino hecho de valentías discretas, de pequeños desplazamientos que hoy resultan evidentes, pero que durante mucho tiempo supusieron una grieta: quién baila, cómo baila y qué cuerpos pueden hacerlo. En Bailaor@ hay un recorrido íntimo, casi doméstico, que se comparte como quien abre una puerta entreabierta para que el público mire un instante.

Lo que sucede aquí es muy sencillo y, por eso mismo, más complejo: Liñán baila para reconocerse. A veces lo hace con la determinación de quien sostiene una herencia; otras, con la fragilidad que acompaña a las decisiones personales. La escena se vuelve entonces un espacio liminar, un umbral donde lo clásico y lo íntimo conviven sin jerarquías.

 

 

El acompañamiento musical —José Manuel Fernández Heredia, Sebastián Sánchez Sevilla y Miguel Ángel Heredia al cante, con la guitarra de Fran Vinuesa— funciona como respiración paralela. Los músicos escuchan, empujan, contienen y a veces desvían el rumbo del baile, generando una sensación de diálogo vivo que poco tiene que ver con la estructura habitual del recital flamenco.

La residencia en In-Progress (impulsada por Fundación Concienciarte, Flamenco Festival y el Ayuntamiento de Torrox con el apoyo del INAEM) ha permitido que el proceso respire con tiempo, sin la urgencia del estreno inmediato. Esa pausa se percibe: Bailaor@ no tiene prisa por llegar a ningún lugar, y siempre con la sensación de haber asistido a un momento decisivo dentro de la trayectoria del artista.

Quizá la clave esté en esa mezcla de arrojo y serenidad con la que Liñán se planta en escena. No busca demostrar nada, ni exhibir ni provocar. Simplemente ocupar un espacio que durante mucho tiempo no estuvo disponible para él. Y cuando un creador consigue apropiarse de su propio territorio, el público lo nota. No por lo que se dice, sino por lo que vibra.

 

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