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Vivimos rodeados de filtros, pantallas y algoritmos. Todo pasa por ahí. En medio de ese zumbido constante, la danza contemporánea ha dejado de ser solo una cuestión estética para rozar algo más cercano a la resistencia. Ya no va de “moverse bien” ni de perseguir la línea perfecta; hay otra urgencia latiendo debajo. Tiene que ver con recuperar esa chispa del sistema nervioso que aún sabe reaccionar, incluso plantarse. En ese terreno se mueve Crystal Pite, donde la coreógrafa se imbuye a cartografiar nuestras grietas. En lugar de diseñar secuencias bonitas, prefiere meterse en el conflicto, tirar del cuerpo para ver cómo se rompe —y, con suerte, cómo se recompone— eso que somos.

 

Crystal Pite se aleja de esa danza pulida, casi intocable. Lo suyo respira en otra frecuencia. El cuerpo, en sus piezas, es un campo de batalla, sí, pero también un lugar donde pasan cosas difíciles de nombrar. Con Kidd Pivot ha construido un universo propio en el que el gesto a veces se come a la palabra. No es especialmente cómodo, pero tampoco pretende serlo. Funciona más bien como una sacudida, de las que te espabilan cuando llevas demasiado rato atrapado en la inercia digital.

 

 

 

Los seres humanos se mueven —nuestros brazos se extienden, nuestras rodillas se flexionan, nuestras cabezas asienten, el pecho se repliega, la espalda se arquea; saltamos, encogemos los hombros, apretamos los puños, nos levantamos unos a otros y también nos apartamos. Todo esto es lenguaje, tanto como acción. Es lo que el cuerpo tiene que decir sobre la necesidad, la derrota, el coraje, la desesperación, el deseo, la alegría, la ambivalencia, la frustración, el amor. Estas imágenes irrumpen en la mente cargadas de sentido porque las hemos sentido con una pureza radical en el cuerpo —hemos sido conmovidos.

 

Somos bailarines, todos nosotros. La vida nos mueve; la vida nos danza. Tan efímera como el aliento, tan concreta como el hueso, la danza está hecha de nosotros. Esculpimos el  espacio. Escribimos con el cuerpo en un lenguaje sin palabras que, sin embargo, comprendemos profundamente. Al danzar, habitamos con gracia el espacio interior y el que nos rodea.

 

Como la vida, la danza se crea y se destruye a cada instante. Como el amor, está más allá de la razón.

 

Me gusta pensar el cuerpo como un lugar; un territorio donde el ser se sostiene y toma forma. Cuando bailamos, estamos profundamente implicados en ese estar.

 

Escribo esto a comienzos de 2026, en un tiempo en el que la opresión, la convulsión y el sufrimiento parecen no tener fin en nuestro mundo. Cada día, al contemplar el horror de lo que los seres humanos somos capaces de hacernos unos a otros, y la maquinaria de poder que financia y alimenta una violencia indecible contra las personas y el planeta, la danza puede parecer una respuesta fácil, incluso inútil. Cuesta imaginar qué puede hacer un artista de la danza en un mundo que necesita con urgencia una transformación radical y sanación.

 

Y, sin embargo —el arte, como la esperanza, es una forma de amor. Generativo incluso en la desolación, el arte disuelve la mente que se endurece y actúa como un bálsamo que la repara. Es un espacio donde sostenernos mientras nos enfrentamos a las preguntas —juntos— de un modo distinto al de las noticias, distinto al del documental o la educación, distinto al de la opinión y las redes sociales, distinto al del activismo y la protesta, aunque no incompatible con ellos.

 

A través de la creatividad, vamos acumulando resistencia y esperanza mediante pequeños actos de valentía, curiosidad, cuidado y colaboración. En la danza, y en el acto de crearla, encontramos la prueba de que la humanidad es algo más que su último fracaso colectivo.

 

Pero la danza no necesita justificación ni explicación. Está hecha de nosotros y, sin embargo, no nos debe nada. Solo necesita un cuerpo dispuesto a habitarla. Desde ese lugar, puede traducir lo inefable, actuando como mediadora entre nosotros y lo desconocido.

 

Nos conmueven esas huellas fugaces de belleza en el instante presente. Y al encarnar tanto la danza como su desaparición, recordamos nuestra propia impermanencia. Al mismo tiempo, si estamos atentos, la danza puede ofrecernos, de vez en cuando, un destello del alma.

 

 

Mensaje del Día Internacional de la danza 2026 por Crystal Pite, Canadá

 

 

 

Esa necesidad de volver a lo físico —de recordar que el cuerpo sigue ahí— aterriza hoy, 29 de abril, en el Espacio Santa Lucía. El Día Internacional de la Danza arranca con María González, que pone voz al mensaje de este año.

Dentro del programa Sur Danza, la noche propone dos piezas: a las nueve, Rosa Romero presenta Debut. En el fondo, es un viaje bien reconocible: ese momento en el que todo se tambalea y no queda otra que cruzarlo. Habla de cambio, de búsqueda, de esa necesidad —a veces incómoda— de encontrar un lugar propio. Y lo hace desde una fragilidad que no suena a debilidad, sino a impulso. Hay algo muy honesto ahí, en esa identidad que aparece cuando uno asume que anda un poco perdido.

Como contrapunto, Bea Lamadrid presenta Gaze, una pieza que pone el foco en la mirada del otro. En cómo pesa, cómo moldea, cómo te coloca sin que te des cuenta. Con solo cuatro intérpretes y un colchón blanco en escena, levanta un espacio que se transforma poco a poco. Lo cotidiano deja de serlo. El colchón, casi sin avisar, pasa de refugio a ring. Y todo empieza a girar en torno a esa sensación tan conocida —y no siempre cómoda— de saberse observado.

 

 

Objetivos del Día Internacional de la Danza:

  • Promover la danza en todas sus formas alrededor del mundo.
  • Concientizar a las personas sobre el valor de la danza en todas sus formas.
  • Permitir que la comunidad de la danza promueva su trabajo a gran escala, para que los gobiernos y los líderes de opinión sean conscientes del valor y la importancia de la danza en todas sus formas, con el objetivo de obtener más apoyo.

 

 

 

 

 

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