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Se estrenó en el Teatro La Fundición de Sevilla, Mi Bandera, de la mano de La Turba. Trayéndonos como elenco a Carlota Berzal, Lorena Ávila y Ro Menéndez. Intérpretes que han pasado por un largo camino para dar a luz, una obra que se me antoja impredecible el alcance de sus repercusiones.

Mi Bandera es una de esas obras que hay que seguir contemplando en el proceso de digerirla. Proceso en el cual identifico que todo cobra más sentido y solidez; al tratarse de un trabajo tan multidisciplinar e inclasificable. Lo digo en primer lugar, porque las intérpretes de La Turba han creado una ontología sobre qué es la identidad, generando una serie de parámetros  que han ido desarrollando en el proceso creativo de esta pieza.

Por si ello fuera poco, esta pieza es en sí misma difusa: no está expuesta de una forma lineal y progresiva; sino más bien, va dando saltos de un lado a otro. Lo cual podría ser entendido como un reflejo, de que la  identidad de algo, en la práctica, no es posible de  cristalizar, es decir: ya que se desplaza en el trascurso del devenir de lo que fuere que estemos identificando. Identificación cuyo contenido se irá alterando a la par que nosotros los seres humanos, vamos graduando según en qué punto estemos. Punto que como se pueden imaginar, se va desplazando en transcurso de nuestras vidas.

Lo que mostramos al mundo (y a nosotros mismos, en consecuencia), no es más que una fotografía de un estado en permanente cambio. Y todos esos artificios que hemos ido configurando en nuestro imaginario colectivo: las banderas, las identidades culturales y étnicas, las identidades de género, etc…, no son más que aproximaciones para entendernos cuando nos comunicamos. No obstante ello no nos define, porque no hay manera de definir algo que está en permanente movimiento. Y querer combatir esa realidad, es procurar tratar como natural algo que es producto de la creación del ser humano, para que éste tenga unas reglas de juego con la finalidad de guiarse ante tanta apertura de posibilidades.

Dicha apertura ahoga al ser humano, busca una manera de “atar al suelo” a aquello que instrumentaliza en la tarea de hacer predecible y manipulable al mundo, para amoldar la realidad a la medida que éste ha concertado de manera contractual con sus semejantes. Sin embargo en esto conviene ser justos, qué más da qué es real o un artificio en este caso, dado que todo lo que conocemos como el mundo es producto de entremezclar ambas cosas. De hecho esta diferenciación sólo nos es útil en un ejercicio meramente formal, porque el ser arbitrario en estas coyunturas nos es ineludible para poder avanzar, aunque se sacrifique en el camino, un cierto rigor epistemológico.

Foto: Rafa Nuñez Ollero

Foto: Rafa Nuñez Ollero

 

En medio de todo esto, terminamos confundiendo los medios con los fines. Para que de algún modo hacernos con un pretexto para diferenciarnos con nuestros semejantes, a través del uso indiscriminado de “las banderas” u otros medios que se recurren, para sentirnos como parte de algo, o para dotar de significado nuestro lugar en el mundo. No faltarán los señalamientos a unos u otros que no cumplan con las expectativas, éstos serán exiliados o tomados como anomalías. E incluso serán el alimento necesario para que unos se puedan definir como grupo, en función de tratar a sus semejantes como alteridad.

Ello es una consecuencia aparentemente inevitable, así se ejerce una violencia para que todo se mantenga estático. Con  el fin de plantear la idea de progreso, dibujando una línea recta ascendente, que nos llevará tarde o temprano, a consumar el “perfeccionamiento” de nuestra especie. Tema que me conduce a citarles la novena tesis, de las Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, que versa así:

“Hay un cuadro de Paul Klee que se llama Angelus Novus. Representa a un ángel que parece estar a punto de alejarse de algo a lo que está clavada su mirada. Sus ojos están desencajados, la boca abierta, las alas desplegadas. El ángel de la historia tiene que parecérsele. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. Lo que a nosotros se nos presenta como una cadena de acontecimientos, él lo ve como una catástrofe única que acumula sin cesar ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos, recomponer los fragmentos. Pero desde el paraíso sopla un viento huracanado que se arremolina en sus alas, tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. El huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hasta el cielo. Eso que nosotros llamamos progreso es ese huracán”.

En otro contexto, me afanaría en explayarme sobre esta tesis y lo que le da sentido. No obstante en este caso, prefiero decantarme por decirles que Mi Bandera, es una pieza que de una manera directa o no, emite un grito en homenaje a todas aquellas personas que se han llevado por delante, para que la organización social que tenemos instaurada, se perpetúe. Ya en el emotivo manifiesto que emitió Carlota Berzal  al principio de esta obra, se declara que en nombre de las banderas se han hecho atrocidades, que encajarían, con las que señala Walter Benjamin en la tesis antes citada.

Ello no es más que una de las estrellas que componen la constelación que es Mi Bandera, esto es: Como he mencionado antes, esta obra no está expuesta de forma lineal, para que nosotros los espectadores entendamos que el tema de la identidad, abarca toda nuestra relación con el mundo. Por tanto, ellas pudieron haber hecho una obra de incontables horas. De cualquier forma apostaron por los temas que a ellas como colectivo, más les aunaron en un proceso creativo que ha sido exhaustivo, a lo que me lleva a decir, que hemos visto poco del producto de sus investigaciones.

Foto: Rafa Nuñez Ollero

Foto: Rafa Nuñez Ollero

 

Lo cual supone que han hecho una difícil labor de síntesis, para concentrar en menos de una hora, una necesidad compartida de platear como violento aquello que se nos presenta como natural. Pero ello en muchos casos, se ha traducido en la delegación de nuestra responsabilidad colectiva con lo que han sido tratados como alimento o alteridad, en beneficio de lo que hemos designado como normal.

Ha sido impresionante la fuerza y el amor con el que han defendido una pieza tan compleja de asimilar para el público. Y no es que sea complicada de entender, es que es una obra que interpela al público para que cada uno de los que lo integramos, nos miremos a nosotros en los espejos de nuestros respectivos foros internos, y que nos reconozcamos como personas que hemos oprimido y que hemos sido oprimidos, en nombre de alguna bandera. Lo curioso de todo esto, es que Mi Bandera ha tenido escenas de todo tipo, como modo de manifestación de la violencia se ejerce con el rostro de todos nosotros: estemos bailando jovialmente, gritando desconsolados, en medio de un forcejeo por una bandera, o cualquiera de las imágenes que se nos han representado.

No faltó el humor en la canción interpretada por Lorena Ávila, que podría llegar a ser viral en la red (todo es intentarlo), o qué decir de la metáfora edulcorada, de la violación que se representó al final… Lo que me lleva a afirmar, que esta obra habla sobre la condición humana, en tanto que se nos define por lo que hemos hecho con el concepto de identidad, no tanto por lo que somos.

Al final termina siendo secundario si nos ha llegado a todos nosotros los espectadores, cada uno de los elementos que componen la ontología que han creado las integrantes de La Turba. Porque todos nos volveremos a reencontrar en nuestro día a día con lo que ellas aludieron, pero esta vez lo abordaremos, tras pasar esta fecunda experiencia.

Foto: Rafa Nuñez Ollero

Foto: Rafa Nuñez Ollero

 

Aunque haya escenas que de primeras, no tengan que ver con la siguiente, están enlazas de un forma magistral, en la que los tiempos de cada escena, fueron precisos para que ninguna de ellas cobre más protagonismo sobre las otras, o se nos hagan largas. La verdad que en esto han demostrado estar curtidas, al mismo tiempo, cabe destacar una presencia escénica de cada una de sus intérpretes: imponente. Presencia que nos arrollaba de la primera fila a la última.

Este trabajo es una parada más en la carrera de estas tres profesionales, que nos avisan que todavía no nos han mostrado lo lejos que son capaces de llegar (como colectivo, e individualmente). Dado que Mi Bandera es una pieza que la he entendido como un péndulo que se balanceaba entre la genialidad y hacer el mamarracho, entre lo valiente y lo temerario, entre lo elocuente y lo críptico…  Lo cual hace que nosotros los espectadores, nos reimplantemos nuestros gustos y criterios a la hora de ver algo en un teatro. Y ello es una cosa que no todo el mundo sabe hacer, y menos esté dispuesto. Porque es un riesgo que en ocasiones resulta innecesario, pero en esta oportunidad viene derivado de una línea de investigación y de registro estético, que estoy convencido que con el transcurso del desarrollo y maduración de ambos, ellas alcanzarán ser las mejores versiones de lo que son.

He ahí que seguiré confiando en lo que nos vayan proponiendo, en especial por parte de Carlota Berzal. Una creadora e intérprete que me merece el máximo respeto, siendo que aunque puedan llegar ser un tanto extravagantes sus modos, lo que he visto de ella, me ha llevado a la reflexión del contenido de sus obras, y de sus formas de plantearlo a escena. Cosa que  pocas veces me encuentro, y que para mí supone un reto de lo más estimulante.

 

 

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