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Letters from

Por Laura Moar | Puerto Plata

“No se preocupen, es sólo la brisa”. Hasta entonces el día había transcurrido como cualquier otro desde que mi amiga y yo habíamos llegado a Río San Juan, un pequeño pueblo de agricultores 3 horas al norte de Santo Domingo. Al despertarnos, la mañana del 22 de agosto, el sol resplandecía sobre un azul intenso en el que cielo se diluía sobre océano atlántico. Al abrir la ventana, un soplo de aire caliente inundó la habitación. Era agosto y estaba en la República Dominicana, así que eso debía de ser habitual, pensé. Me puse mi vestido favorito y bajé a desayunar: Tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa. Al volver, el sol había desaparecido y las nubes se alineaban en forma de flecha. En un momento el cielo ennegreció y la naturaleza pareció silenciarse. Aquella quietud fue lo que verdaderamente me asustó. De pronto la lluvia comenzó a caer violentamente. La piscina, el césped, los pasillos exteriores… todo quedó inundado en apenas unos minutos. Mi amiga y yo corrimos hasta resguardarnos en la recepción del hotel. Un grupo de turistas –ingleses o canadienses, no me dio tiempo a averiguarlo- se registraba en ese momento en el hotel sin inmutarse por el insoportable ruido del viento que agitaba la cubierta.

-Será mejor que se queden ahí. Afuera no se puede manejar. Mañana las llamo e iré a recogerlas.

Fue entonces, al colgar el teléfono, cuando por primera vez fui consciente de lo que estaba pasando. Imaginé a Diana. A su abuelo Ventura, “El Cuervo”. A Ediberto. A Delvin. A Fabricio. A Génesis. Imaginé como aquellas casas desvencijadas iban desapareciendo una tras otras, arrancadas de cuajo por el viento. Por un momento creí que aquel pueblo animoso, de bohíos ocres y noches estrelladas, que había conocido iba a convertirse en un recuerdo más de mi imaginación. Sentí miedo. Un miedo irracional por lo que no podemos controlar. Un miedo jadeante.

Durante dos días el cielo continuó descargando furioso. La lluvia brotaba por los sumideros y el viento silbaba amenazante. Sin embargo, la vida en el hotel seguía igual. El karaoke, los juegos de animación, las clases de baile…todo el mundo se sentía seguro parapetado tras los gruesos muros de un complejo cinco estrellas. Yo me fui a dormir.

Al despertar el sol había vuelto a su sitio. No había rastro de las nubes e incluso se respiraba mejor. ¡Hasta las tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa sabían mejor! Poco antes de la una Diana estaba ya frente a la barrera roja y blanca del hotel, esperándonos. Después de todo, seguía sonriendo. Yo también. A medida que íbamos recorriendo la carretera rectilínea que separa el hotel de Río San Juan fui percibiendo la verdadera dimensión de lo que había vivido. Ramas rotas y desperdigadas, árboles arrancados, postes caídos, campos anegados…al menos en esta zona del país las casas continuaban en pie. Por un instante me sentí aliviada. Para mí todo aquello había concluido. La brisa. Irene.

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