La música de Moby siempre ha ocupado un lugar anómalo: demasiado frágil para pertenecer sólo a la pista de baile, demasiado popular para quedar confinada al culto, demasiado inquieta para aceptar una sola emoción. Antes de convertirse en uno de los nombres que llevaron la música electrónica al gran público, Richard Melville Hall pasó por el punk, los clubes de Nueva York, la cultura de los pinchadiscos y la experimentación casera.
Su fama estalló primero con el sencillo «Go», a comienzos de los noventa, y se volvió planetaria con «Play», el disco de 1999 con el que convirtió cierto aire de nostalgia en producto de masas. «Play» fue el punto de inflexión: Moby tomó cantos de blues, góspel y tradición popular afroamericana conservados en archivos sonoros, los cruzó con bases electrónicas y acabó creando un disco que sonaba a futuro, pero anhelaba el pasado. El álbum terminó siendo un fenómeno global porque no parecía hecho sólo para la pista de baile, sino también para el cine, la televisión, la publicidad y la memoria emocional de toda una época. Después de «Play», prolongó esa fórmula con «18». Más tarde llegaron discos más irregulares, regresos a la pista, desvíos hacia el rock y una veta ambiental cada vez más explícita, incluida aquella música extensa y gratuita pensada para dormir, meditar o calmarse. Hasta hoy, entre relecturas orquestales y nuevas piezas ambientales, su carrera parece girar alrededor de una misma tensión: la que enfrenta la frialdad de las máquinas con una búsqueda casi obsesiva de emoción humana.
Por primera vez, este neoyorquino llegaba a Sevilla para emocionar y hacer bailar. El día anterior había ofrecido en el festival de Werchter un espectáculo ante un océano de espectadores. Moby llevó este mismo espectáculo a la Plaza de España, demostrando de nuevo que su pulso continúa plenamente vigente. Se presentó vestido de blanco, y sin sus gafas negras de pasta, ante el público reunido en el recinto, acompañado por una banda bien sólida: Maya Paredes al contrabajo, Andrea Whitt al violín, Tripp Beam a la batería y Jonathan Nesvadba en las bases y la programación electrónica. El propio Moby alternó entre la voz, la guitarra, los teclados y los bongos. Nadia Christine Duggin e India Carney elevaron muchos de sus mejores momentos con unas interpretaciones vocales de enorme potencia, precisión y expresividad.
El repertorio se apoyó principalmente en «Play», como era inevitable, y en «18». En esto tuvo mucho que ver sus seguidores. Moby les había preguntado en su cuenta de Instagram qué temas debía incluir. Era previsible, y no por ello menos eficaz, que comenzara con el breakbeat guitarrero de «Bodyrock». Así se inició un incendio rítmico que apagaría y volvería a encender a placer durante todo el recital. ‘La de Twin Peaks’, es decir, «Go», fue la siguiente, antes de dar paso a «Next Is the E», más anclada sonoramente en el pasado. En cuanto a «In This World», Nadia e India no sólo cantaron de manera formidable; por momentos resultaba asombroso hasta qué punto se acercaban al timbre, la aspereza y las inflexiones de las voces originales utilizadas por Moby en sus grabaciones. Exactamente lo mismo puede decirse de «In My Heart».
«We Are All Made of Stars» sonó algo distinta: menos apoyada en los ritmos electrónicos de la versión original y más impulsada por la batería, que le dio un carácter más orgánico y contundente. A esas alturas del concierto, más de uno ya se sentía plenamente dentro de la canción, convencido de que, en efecto, «todos estamos hechos de estrellas». «Memory Gospel» sonó acompañada por imágenes de vacas pastando, preludio de un bloque dedicado a Jane Goodall y al activismo animalista de Moby. Más tarde llegó también su crítica a Donald Trump. En su caso, música y conciencia forman un mismo discurso, a medio camino entre la sensibilización y el énfasis emocional.
Uno de los momentos más personales de la noche llegó con la versión de «Heroes», de su amigo David Bowie. Moby contó que una vez Bowie interpretó la canción sentado en el sofá de su casa. Pidió al público de la Plaza de España que imaginara durante unos minutos que también estaba allí, en aquel salón, escuchándolo tocar a pocos metros. «Why Does My Heart Feel So Bad?» devolvió después el concierto a uno de los grandes núcleos emocionales de la música de Moby.
«Raining Again» y «Disco Lies» fueron la cara y la cruz de una misma moneda: la primera, más cruda y rockera; la segunda, entregada al pulso de la pista de baile. Dos maneras distintas de llevar el concierto al mismo punto de euforia. La combinación de «Flower» y «Find My Baby» parecía inevitable: dos canciones hermanas, unidas por un ritmo muy marcado, guitarras incisivas y sintetizadores de fuerte presencia. Fue un tramo compacto, físico. El repertorio amagó entonces con llegar a su fin, pero la noche volvió a jugar al contraste: «Extreme Ways», en la remezcla de Armin van Buuren, sonó arrebatadora, contundente y sublime; «Natural Blues», en cambio, creció hacia un cierre más expansivo, cercano al góspel y al blues pop.
Después llegaron los bises. El primero fue «Porcelain», tan hermosa en lo musical como desoladora en su letra; casi es mejor no detenerse demasiado en lo que cuenta. «Di la verdad: nunca me quisiste», cantó el neoyorquino antes de que la canción se elevara sobre el cielo de Sevilla. Resulta difícil calcular cuántos programas y espacios habrán utilizado como sintonía este tema… o cualquier otro fragmento de «Play». «Lift Me Up» abrió de nuevo el paso al tramo más bailable del repertorio, con una melodía inmediata y un estribillo concebido para levantar al público sin rodeos. En directo ganó fuerza gracias al empuje de la banda. De su mano, pero a muchas más revoluciones, llegó el final con el breakbeat impío de «Feeling So Real». ¿Sabrá Moby que Andalucía es la capital mundial del breakbeat? ¿Estamos exagerando?
Y así, defendiéndose con notable soltura en español, poniendo verde a Trump y dejando claro que los animales deberían tener derechos, se nos fue Moby.
Lo que quedó en la Plaza de España no fue una visita rutinaria de cementerio de elefantes: la banda dio cuerpo, nervio y presente a unas canciones nacidas entre máquinas, electricidad y alma, con tempos lentos y marcados unas veces y rápidos otras. Euforia y melancolía, al fin y al cabo, muchas veces sin conceder tiempo para recuperarse de una antes de abrazar sin problema la siguiente.





