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Morrissey siempre está en el foco mediático, incluso en silencio, incluso entre cancelaciones o polémicas, su sombra sigue proyectándose sobre el pop contemporáneo. En marzo vuelve a España con tres fechas: Valencia, Zaragoza y Sevilla. Cada aparición suya tiene algo de reencuentro incierto.

 

Las citas están fijadas para el 12 de marzo en el Palau de les Arts Reina Sofía, el sábado 14 en el Auditorio de Zaragoza y el lunes 16 en el Cartuja Center CITE. Tres espacios muy distintos que, sin embargo, comparten una cualidad: permiten que la voz ocupe el centro. Y en el caso de Morrissey, la voz —ese barítono que parece sostener una ironía perpetua incluso cuando canta la devastación— es el verdadero acontecimiento.

Sus giras suelen ser territorios movedizos, con repertorios que combinan fidelidad y capricho. Si uno observa sus setlists recientes, el esqueleto se intuye claro: clásicos de The Smiths como “How Soon Is Now?” o “Shoplifters of the World Unite” reaparecen con frecuencia como parte indivisible de su biografía pública. A su lado, piezas de su etapa en solitario —“Everyday Is Like Sunday”, “Suedehead”— funcionan como recordatorio de que su carrera no quedó congelada en los ochenta.

 

 

Su relación con el público español ha tenido altibajos en los últimos años, marcados por sonadas cancelaciones que alimentaron mucha frustración. Precisamente por eso, estas tres fechas de marzo adquieren un matiz especial: son una oportunidad de restablecer un diálogo interrumpido. Y, tratándose de Morrissey, el diálogo nunca es cómodo. Sus letras siguen habitadas por la soledad, el desencanto político, la identidad como territorio en disputa. No hay euforia fácil, pero sí una intensidad que rara vez deja indiferente.

 

 

En un presente dominado por giras milimétricamente coreografiadas y discursos diseñados para no incomodar, la figura de Morrissey continúa desentonando. No siempre para bien, dirán algunos; pero desentona. Y ese gesto —el de no encajar del todo— fue siempre el núcleo de su propuesta artística, desde los días en que The Smiths convirtieron la introspección en himno generacional.

Marzo será, así, menos una celebración que una prueba. Ver si la voz conserva su filo. Ver si el repertorio dialoga con el presente sin diluirse en la nostalgia. Ver si el público sigue dispuesto a corear versos que hablan de aislamiento en una época que presume de hiperconexión.

 

 

 

¿Será esta una noche inolvidable como la del Castillo Sohail, o nos enfrentaremos a una decepción como la del FIB y Noches del Botánico? Con Morrissey siempre se trata de carácter, y eso, en directo, todavía importa.

 

 

 

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