Myriam González estrena TÁNGUELA el 22 de febrero en A Casa Vella de Amiadoso, Ourense. Para la creadora gallega el impulso parece surgir de una fisura: un lugar donde el cuerpo se presenta como territorio atravesado por memoria, contradicción y deseo de afirmación.
Con base en A Coruña, Myriam González ha transitado entre la danza contemporánea y lenguajes urbanos como el waacking, como necesidad de ampliar su gramática física. En piezas anteriores ya se intuía una preocupación persistente por el relato en primera persona, por el cuerpo que se expone sin blindaje, que no representa sino que se implica.
El próximo 22 de febrero presentará TÁNGUELA en A Casa Vella de Amiadoso, un espacio que, más que acoger la obra, probablemente la tensione. Es importante comprender que el estreno se sitúe fuera del marco teatral convencional. Hay decisiones espaciales que funcionan como declaración de intenciones. Cuando el cuerpo baila en un lugares no convencionales, la coreografía debe negociar con la arquitectura, con la proximidad del público, con la textura misma del suelo y del aire. Esa negociación es ya parte de la dramaturgia.
TÁNGUELA se articula en torno a una imagen poderosa: la belleza dentro de lo roto. La frase podría sonar complaciente si no se entendiera desde la fisicalidad. En el trabajo de Myriam González la fractura es condición corporal. Hay algo en su manera de moverse —una tensión en los brazos, una insistencia en la repetición que roza el agotamiento— que sugiere que el cuerpo no busca recomponerse, sino habitar el quiebre. No se trata de superar la grieta, sino de hacerla visible.
El solo, formato exigente y desnudo, intensifica esa exposición. Sin otros cuerpos que distribuyan la mirada, la intérprete asume toda la carga rítmica y emocional. El riesgo es evidente: no hay refugio posible. Pero también lo es la potencia. En un momento en que muchas producciones tienden a la espectacularidad tecnológica o a la proliferación de capas conceptuales, optar por un cuerpo solo en un espacio no convencional es, en sí mismo, un gesto político.
Su paso por proyectos colectivos en Galicia, donde la improvisación y el cruce entre estilos han sido fundamentales, parece haber afinado una escucha particular: Myriam González baila con el entorno. Esa cualidad puede ser decisiva en Amiadoso, donde la proximidad del público eliminará cualquier distancia cómoda. El espectador no observará desde la penumbra protectora de una butaca; compartirá el mismo aire, el mismo eco.
TÁNGUELA quiere sostener la promesa de mostrar la belleza como consecuencia de atravesar lo quebrado.
El 22 de febrero comprobaremos si ese cuerpo que ha venido explorando identidad y fisura logra convertir el espacio en extensión de su propia grieta. Allí, en A Casa Vella de Amiadoso, la danza no tendrá donde esconderse. Y tal vez esa sea su mayor virtud.

