La Filmoteca regresa a la Sala A del Central: mañana 7 de abril continúa la programación con Noche en la Tierra, de Jim Jarmusch. La jornada arrancará a las 18:30 h en el Bar del Teatro Central. Allí, Juamba Lõbison y Juan María Rodríguez, director del Instituto Andaluz del Cine y la Fotografía, se sentarán a charlar como prólogo necesario a la proyección de la película.
Jim Jarmusch siempre ha sido ese tipo que parece saber algo que los demás ignoramos. En 1991, mientras Hollywood seguía obsesionado con las explosiones y los finales felices, él se dedicó a levantar un refugio de celuloide para quienes preferimos la penumbra de un videoclub. El resultado fue Night on Earth. Y fíjate con estos cinco sketches sueltos, Jarmusch nos lanzó a la cara una road movie que apenas se mueve del sitio.
¿Cómo se construye una película de culto con algo tan vulgar como un taxi? Pues encerrándonos en él y convirtiéndonos en mirones. De esta forma, el coche deja de ser un transporte para volverse un “no-lugar”: un rincón donde nadie echa raíces, pero donde todo el mundo termina soltando sus verdades más crudas bajo el amparo del taxímetro.
Si la cinta aguanta tan bien el paso del tiempo es, en gran parte, por su textura. Frederick Elmes —que ya había trasteado con las pesadillas de Lynch— aquí se dedica a perseguir el grano de la película, el reflejo sucio del neón en el cuero y esa oscuridad densa que oculta las ojeras de los náufragos urbanos. La película huele a gasolina y a tabaco rancio. Son esos detalles de la era analógica que hoy, rodeados de pantallas impolutas y algoritmos, reivindicamos casi como un acto de rebeldía.
El reparto es, sencillamente, una locura. Ver a Gena Rowlands (la musa absoluta de Cassavetes) frente a una Winona Ryder en pleno subidón grunge es cine puro. Es un pase de antorcha salvaje entre la vieja guardia y el nuevo cine independiente. Y qué decir de Giancarlo Esposito y su mano a mano con Armin Mueller-Stahl y Rosie Perez.
Luego está Roma. Lo de Roberto Benigni es delirio anárquico en estado puro. Su confesión sexual —improvisada o no, da igual— sigue siendo uno de los momentos más celebrados por la parroquia “jarmuschiana”. Es el humor como forma de invasión. Y para terminar, el frío. Ese amanecer gélido en Helsinki con los habituales de Aki Kaurismäki cierra un círculo perfecto. Es una conexión transatlántica donde se entiende que el silencio y la tragedia seca son, en el fondo, un lenguaje político.
Pero seamos tengámoslo muy claro, la banda sonora de Tom Waits actúa como narrador, con esa voz que suena a grava, humo y aguardiente. Es el sonido de la hermosa derrota de quienes frecuentan los cine de medianoche.
En nuestro mundo de transportes asépticos donde mirar a los ojos al de al lado parece un error del sistema, Night on Earth funciona como recordatorio de que, en mitad de la noche, todos somos pasajeros desesperados. Solo buscamos que alguien, al otro lado del asiento, nos valide el viaje antes de que el taxímetro llegue a cero. ¿No es eso lo que buscamos todos al final del día?

