Seleccionar página

La prematura muerte de un viajante es un trabajo que rebasa tantos límites, siendo que ya ni uno puede acudir a los parámetros, de “buena obra/mala obra”, para formarse un criterio sobre lo que se estará representando en la Sala Cero hasta el próximo 15 de enero.

 

Tanto es así, que aunque se localicen cosas que uno hubiese abordado de otra manera, es un hecho que esta obra funciona (a pesar de que los integrantes de Los Síndrome, las estén retomando en estos días, después de más veinte años de su estreno). Esto es: el público estuvo entregado de principio a fin, sus risas no cesaban de aparecer… Incluso uno mismo que va desde el despeño del rol de una persona que va a escribir al respecto, terminaba bajando la guardia y se le olvida el por qué se está donde se está.

Tómese en cuenta que Práxedes Nieto y Víctor Carretero para esta reposición habrán retocado/renovado ciertos aspectos del texto original (en el mismo, también tuvo su participación Fernando Fabiani) para su posterior representación; y aún así, se nota que el mismo todavía sigue sujeto a un imaginario más propio de principios de este siglo. Al fin al cabo,  este trabajo ya fue montado desde un repensar/ironizar lo que se llama el “subtexto” en el teatro, a partir de la obra de teatro La Muerte de un Viajante de Arthur Miller. Por tanto, estaba a la disposición de estos profesionales andaluces, hacer una transformación mucho más profunda de la misma.

Foto: Luis Castilla

Foto: Luis Castilla

 

Aquí es cuando uno en tanto espectador, se encuentra dentro de la disyuntiva de si lo visto no está acorde con sus gustos personales, o bien uno responde cómo responde, porque se han visto emisiones que, hoy por hoy, no serían aceptadas por todos con facilidad. Entonces ¿Los integrantes de Los Síndrome no tienen derecho a si quiera a “correr el riesgo” de ser vistos como políticamente incorrectos en sus acciones; o por qué no decirlo, a simplemente equivocarse en sus modos de ejercer su profesión? Si la respuesta es negativa ¿Dónde quedaría la libertad de expresión de estos artistas, de ellos en tanto ciudadanos…? Sea cual sea las respuestas más precisas a lo anterior, tengo la intuición de que desenvolverse a través de las premisas que les estoy exponiendo, supone desvelar que cuando uno se enfrenta a una pieza que no  “enamora”, uno está en la tesitura de gestionar una serie de variables que no son cómodas por las implicaciones que llevan consigo.

¿Será posible, que en los tiempos que corren, plantear piezas susceptibles de ser “políticamente incorrectas” o estéticamente menos  “exhibibles” (si se me permite la expresión), es más complicado de digerir que las obras que se les ha asociado como trasgresoras en cada uno de sus ámbitos? Si es que el payaso, sea a través de sus “inocentes travesuras” o su ambigüedad tan característica, siempre se ha movido por terrenos en los que, difícilmente, consigue agradar a todos. Hasta el punto, de que hay quien arremete contra esta disciplina por entera, por considerarla algo “descuidada” y poco seria (en lo artístico, en la manera de abordar los temas, etc.…).

Foto: Luis Castilla

Foto: Luis Castilla

 

Lo anterior cobra más entidad, si estamos hablando de una obra que los propios integrantes de Los Síndrome han dicho, públicamente tras la representación, que la misma se correspondía con una época en la que apostaban por el teatro para cambiar las cosas, y con el tiempo, no han visto que casi nada se ha visto transformado. Lo cual no quita que se sientan agradecidos con sus espectadores, quienes han sido los que les han permitido seguir adelante en su profesión. Entonces ¿”culpamos” a muchos de los espectadores que estuvieron presentes en la representación en juego, de tener un “mal gusto”, de ser “poco instruidos” en artes escénicas…? ¿En qué terrenos nos estamos metiendo, en este caso, si nuestra respuesta en afirmativa? Aún con todo, esta obra fue hecha con sumo ingenio, convicción y rigor. Seamos francos, Los Síndrome hicieron lo que quisieron sobre el escenario, saliendo airosos y reafirmados.

Después de ver La prematura muerte de un viajante, no me queda ninguna duda, de que hay mucho trabajo por hacer para que cierto aire de “superioridad moral” y “clasismo” deje interferir en la medida de lo posible, para que nuestras miradas no queden veladas ante la confrontación de preguntas que son esenciales, en el ejercicio de evaluación de lo que se ha representado sobre un escenario. De lo contrario, debería entrarme cierta inquietud conmigo mismo (en mi caso particular), por haberme reído y mostrado distendido, a lo largo del desarrollo de una pieza que, insisto, de tener la capacidad de decisión la hubiese hecho de otra manera. De cualquier modo, no voy a dejar de recomendar que vayan a ver esta obra y los demás trabajos de esta veterana compañía. Porque de un modo u otro han conseguido no sólo mi respeto y admiración en tanto espectador y crítico de artes escénicas; sino que además, por ser de las pocas compañías en Andalucía de llenar una misma sala en un marco de quince o veinte días seguidos, con obras que han sido representadas en la ciudad de Sevilla, en decenas de ocasiones.

 

Comparte este contenido