La banda británica Ocean Colour Scene emprende gira española para conmemorar las tres décadas de Moseley Shoals, con paradas en Valencia, Santander, Gijón, Madrid, Málaga, O Grove y Sevilla.
La prensa musical londinense de los noventa era ironía, pose y portadas de diseño prefabricado. Mientras ellos se miraban el ombligo inventando el britpop, en las Midlands ocurría otra cosa. Una resistencia sucia y obrera. Silenciosa. Ocean Colour Scene estaban demasiado ocupados diseccionando el catálogo de Stax. Lo suyo era devoción pura por el rhythm and blues y el latido negro del northern soul. Artesanía frente a plástico.
Se cumplen ahora tres décadas de Moseley Shoals (1996) y el disco sigue sonando a madera, a humo y a amplificador caliente. Quizá sea porque, huyendo de esa compresión digital que empezaba a dejar la industria tan plana como un folio, el cuarteto se encerró en su estudio de Birmingham. Allí grabaron en cinta de 24 pistas. Sin trampa. El resultado cristalizó en un sonido analógico que bebía directamente del virtuosismo de los sesenta sin sonar a museo polvoriento.
El culpable de ese milagro tiene nombre y apellidos. Steve Cradock. Un tipo que toca la guitarra con la precisión de un luthier y la mala leche de un matón de pub. Su genialidad es casi espartana. Cradock conecta sus instrumentos a un Vox AC30 o a un Marshall JTM45 y los lleva al límite de la saturación. Usa un pedal Bluesbreaker para empujar las válvulas, y que crujan con esa naturalidad que te eriza la nuca mientras mantiene intacta la claridad de los acordes. Y entonces, cuando la canción exige sangre, pisa el Colorsound Fuzz. Pura agresión asimétrica. Un sonido grueso que rasga la mezcla como si estuvieras arrancando velcro, vital para sostener el riff asesino de «Hundred Mile High City» o esos sustains interminables de sus improvisaciones en directo.
Detrás hay una base rítmica concebida como un dogma inquebrantable. Damon Minchella dispara líneas de bajo llenas de notas percusivas, invocando el fantasma de James Jamerson, mientras Oscar Harrison marca un compás sordo, innegablemente bailable. Juntos levantaron monumentos de asfixiante densidad como «The Riverboat Song» y arroparon el optimismo lennoniano de «The Day We Caught The Train». Todo ello bajo una ética y una estética irrenunciables. Parkas M-65. Flequillos perfectos. Chaquetas de tres botones. Esa autenticidad tajante fue la que enamoró a Paul Weller y a Ray Davies. Los grandes siempre reconocen a los suyos.
- Viernes 25, Valencia – Visor fest
- Sábado 26, Madrid – La Riviera
- Domingo 27, Santander – Escenario Santander
- Martes 29, Málaga – Teatro Cervantes
- Miércoles 30, Sevilla – Sala Custom
Octubre
- Viernes 2, Gijón – Teatro Albéniz
- Sábado 3, O Grove – Concertos do Marisco

