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El paso de la compañía Peeping Tom por el Teatro Central de Sevilla este fin de semana con Chroniques ha sido una auténtica sacudida estética, una confirmación más de su lugar como referente indiscutible de la danza-teatro contemporánea. Desde que se levanta el telón, queda claro que Gabriela Carrizo posee una capacidad única para la construcción escénica.

 

En sus manos, el escenario se transforma en un territorio donde la aparición de personajes, figuras y objetos sucede con una precisión que desconcierta y fascina. No hay espacio para la previsibilidad: cada transición abre una grieta hacia lo inesperado.

La propuesta de Chroniques se despliega esplendorosa, atravesada por una imaginación desbordante y una inagotable capacidad de asombro. La escena, espectacular y enigmática, evoca la cueva, la piedra, un entorno telúrico donde lo primitivo dialoga con lo desconocido. Ante esa magnitud, la sensación es la de asistir a un futuro residual, casi posthumano: un grupo de seres humanos que ha sobrevivido a una hipotética autodestrucción —o a un cataclismo externo— y que intenta subsistir desesperadamente entre los restos de lo que fuimos, mientras ensaya nuevas formas de existir.

 

Foto: Camille Leprince

 

El motor de esta experiencia son sus intérpretes: bailarines absolutamente portentosos. Sus cuerpos, capaces de adoptar posiciones extremas y ejecutar movimientos imposibles, parecen dotados de una fisicalidad casi sobrehumana. Pero este despliegue no es gratuito: está al servicio de una exploración incisiva de la contradicción humana. La obra navega entre el impulso autodestructivo y una persistente capacidad de asombro que, pese a todo, sigue latiendo.

Lejos de la estructura aristotélica de planteamiento, nudo y desenlace, Peeping Tom construye un paisaje escénico. Funciona como una invitación a habitar una atmósfera donde no se imponen respuestas, sino preguntas que no se agotan. Un arte que apunta a lo universal sin perder su filo contemporáneo, y que convierte cada imagen en algo potencialmente inagotable.

 

Foto: Virginia Rota

 

 

En este ecosistema fragmentado emerge con fuerza un elemento inquietante: la presencia femenina es prácticamente inexistente en escena, lo que intensifica la sensación de mundo incompleto, erosionado, al borde de su propia desaparición.

Al final, Chroniques cumple su promesa: dejar al espectador atravesado por una sensación de plenitud extraña, tras haber asistido a un espectáculo que no se limita a ser brillante, sino que se instala, incómodo y fascinante, en algún lugar difícil de nombrar.

 

 

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