Rocío Molina reflexiona sobre Calentamiento, la extenuación física, el deseo y la búsqueda de una forma de alivio compartido, a las puertas de su estreno en el Sadler’s Wells Theatre dentro de la programación del 21 Flamenco Festival de Londres.
ACHTUNG
Hace unos meses presentaste Calentamiento en el Teatro Central de Sevilla, acabas de clausurar el Festival Internacional Cádiz en Danza y ahora viajas a Londres. Cada ciudad parece establecer un diálogo distinto con la pieza.
¿Qué te suscita la idea de llevar Calentamiento a Londres? ¿Qué crees que encontrará el público británico en ella? ¿Hay matices emocionales o lecturas diferentes que puedan enriquecer la experiencia de la obra?
Rocío Molina
Acabo de hacer una entrevista para Londres y percibo mucha expectación. Además, llevo muchos años actuando en ese mismo teatro, de modo que el público conoce mi trayectoria y existe una relación construida con el tiempo.
Calentamiento dialoga con cada lugar de una manera distinta porque es una obra que incorpora al público de forma muy activa. Me interesa observar sus reacciones y trabajar con ellas. Hay espectadores muy efusivos y otros más contenidos, pero con una enorme sutileza para captar el humor, ya sea a través del gesto o de la palabra.
Todo eso alimenta la función. Me ofrece un campo muy fértil para la improvisación y para modificar pequeños aspectos de la pieza en tiempo real. Tengo mucha curiosidad por descubrir qué ocurrirá en Londres. Allí existe un sentido del humor muy particular y eso me atrae. Disfruto exponiéndome ante el público, poder mirarlo directamente y dejar que esa mirada transforme lo que está sucediendo en escena.
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¿De qué manera esas reacciones del público se incorporan a la obra o modifican tu proceso creativo?
Rocío Molina
En Calentamiento la presencia del espectador es determinante. La obra está profundamente anclada en el presente y puede alterarse por algo tan sencillo como una persona que me llame la atención o una energía colectiva que empiece a expandirse por la sala.
En Cádiz ocurrió algo muy revelador: algunos espectadores comenzaron a golpear el suelo, otros se levantaron, otros gritaban entre el entusiasmo y una cierta inquietud al escuchar cómo resonaba el teatro. Aquello terminó contagiándose de unos a otros hasta convertir al público en una parte esencial del espectáculo.
La energía deja de permanecer únicamente sobre el escenario y empieza a circular por toda la sala. Se rompe la frontera entre el escenario y el patio de butacas, y en ese instante la obra adquiere una dimensión distinta.
[Calentamiento es un organismo vivo. No está concebida como una estructura cerrada, sino como un territorio permeable a la contingencia y al encuentro.]
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Pablo Messiez ha contado que su trabajo en Calentamiento consistió en acompañar el proceso sin imponerse, permitiendo que la obra encontrara su propia voz.
¿Hubo algún momento durante la creación en que el espectáculo os condujo por un camino inesperado o reveló algo que no habíais previsto al comienzo?
Rocío Molina
Completamente. Es, probablemente, la creación que más giros ha dado en toda mi trayectoria.
Pablo y yo recibimos muchos golpes durante el proceso, pero aprendimos muy pronto a disfrutarlos. La obra cambiaba de dirección de forma radical. En un momento parecía una cosa y, poco después, se convertía en su contrario. Pensamos que sería una pieza, luego otra distinta, después un díptico, más tarde un solo, hasta llegar finalmente a este formato, que ahora sentimos como el adecuado.
Lo único que podíamos hacer era acompañarla con paciencia, con amor y con una cierta capacidad de abandono. La obra exigía una escucha absoluta y mucha flexibilidad para entregarse a todo lo que iba proponiendo. Los cambios eran vertiginosos, pero conseguimos atravesarlos con entusiasmo.
Había mucha incertidumbre, sí, pero compartir ese proceso con Pablo Messiez fue un regalo. Es una persona extraordinariamente delicada en su manera de trabajar y transmitía la sensación de que, pasara lo que pasara, todo iba a estar bien.
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En tu trabajo hay elementos que remiten a la performance. La extenuación física parece convertirse en una fuerza expresiva y el esfuerzo real que realizáis sobre el escenario termina aflorando dentro de la propia obra.
¿Qué se vuelve visible cuando llevas el cuerpo a un estado límite? ¿Qué aparece ahí que quizá no emergería desde un lugar de mayor control o comodidad?
Rocío Molina
Es una gran pregunta.
Cuando un artista se expone verdaderamente y el público asiste a algo que está sucediendo en tiempo real —no a una simulación estética—, todo adquiere otra densidad. Sin embargo, mi intención nunca es buscar ese estado por sí mismo, sino permitir que ocurra.
Puedo pronunciar un texto sobre cómo mi pierna me roba el oxígeno o sobre cómo el sudor hace que resbale en el suelo, pero si el cuerpo no ha llegado realmente a ese punto, esas palabras carecen de verdad. Necesito concederme el tiempo necesario para que todo suceda: lo físico, lo emocional, lo misterioso. Incluso mi voz puede quebrarse. Y no importa. En ese momento siento que tengo la libertad de hacer cualquier cosa, bien o mal.
Hasta que no llevo el cuerpo a ese estado no puedo atravesar ese tránsito entre lo físico y lo emocional. Hay acciones que no están fijadas en la partitura de la obra. No está previsto, por ejemplo, que lance sillas. Lo que sí existe es una energía de violencia, de agresividad y, al mismo tiempo, de placer.
Creo que eso conecta profundamente con nuestra época. Vivimos muy cansadas y, en ocasiones, sentimos la necesidad de lanzar metafóricamente una silla contra el mundo. Y descubrir que incluso ese gesto puede producir una forma de alivio.
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¿Podríamos decir entonces que ese esfuerzo físico te conduce a un estado en el que es otra instancia de ti misma la que empieza a hablar?
Rocío Molina
Sí, podría decirse así.
Es como si algo me poseyera y me llevara a habitar otro estado. No diría que es descontrol, sino una forma distinta de presencia.
Empiezo a hacer precisamente aquello que peor se me da: hablar, cantar, exponerme. Pero solo puede ocurrir desde un lugar de absoluta confianza en el cuerpo y de desprendimiento de todos los accesorios, de todas las defensas.
[La conversación regresa una y otra vez al cuerpo, entendido no solo como herramienta artística, sino como un espacio de conocimiento y de resistencia.]
ACHTUNG
Tu trabajo reivindica el cuerpo y la libertad en un momento marcado por discursos que promueven la restricción de derechos y una creciente desconfianza hacia la expresión corporal.
¿Concibes tu obra como una respuesta consciente a ese clima cultural o nace más bien de un impulso íntimo, dejando que las posibles lecturas políticas aparezcan después en la mirada del espectador?
Rocío Molina
Siempre parto de lo íntimo. De hecho, creo que es casi mi especialidad. Pero lo íntimo acaba convirtiéndose en algo colectivo porque todos compartimos una zona de intimidad, aunque adopte formas distintas en cada vida.
Me interesa exponer esa experiencia personal para transformarla en una experiencia común. No hablo de nada que no nos suceda a todos.
Mi cuerpo también cuenta una historia de violencia. Y hablar de ello es una manera de explorar las formas de alivio que buscamos como individuos. Cada persona encuentra ese alivio donde puede y como puede. Incluso nuestros deseos están tan alterados por el contexto social que, a veces, llegamos a encontrar descanso en la propia violencia.
Quien viene a ver la obra, se dedique a lo que se dedique, suele estar cansado por algo. Yo hablo desde el cuerpo de una bailarina, pero deseo que esa experiencia pueda trascender cualquier otro cuerpo.
Intento pensar en las distintas maneras que tenemos de vaciarnos, de gritar, de liberarnos, incluso a través de nuestra propia profesión. En mi caso existe una disciplina agotadora que desgasta físicamente y, sin embargo, proporciona bienestar y libertad.
También hablo de la represión, de la violencia, de la disciplina y del dolor que exigen ciertos deseos. Después, cada cual encuentra sus propias formas de alivio.
ACHTUNG
¿Es entonces un alivio de carácter catártico?
Rocío Molina
Para mí es, sobre todo, una manera de vivir acorde con lo que hoy necesita mi cuerpo. Quizá dentro de diez años necesite otra cosa y procuraré escuchar esa transformación.
Existe una especie de esclavitud del compás que me impide desobedecer por completo. Pero al mismo tiempo disfruto jugando con él, saliéndome de él, llevando sus límites hasta el extremo. En ese intento sucede algo que identifico con el arte.
Llega un momento en que deja de importar si algo está bien o mal hecho. Incluso te olvidas del propio arte y de las restricciones que él mismo impone. Y entonces aparece una forma de belleza que contiene también horror, sombra, soledad y luz.
ACHTUNG
¿Qué satisfacción encuentras en forzar los límites o en atravesar barreras?
Rocío Molina
Es una necesidad ambivalente. Es una esclavitud de la que quiero liberarme y que, al mismo tiempo, he aprendido a aceptar.
Mientras mi cuerpo siga reclamando estas dosis elevadas de intensidad, continuaré dándoselas. Cuando deje de necesitarlas, tendré que escucharlo y transformarme con él. Pero hoy sigue siendo así. De hecho, cuando dejo de hacerlo, mi cuerpo responde mal y aparecen dolores.
También es importante reconocer los límites. Igual que una planta necesita volver a la tierra para seguir creciendo, yo necesito regresar siempre a una forma de arraigo. Puedes elevarte todo lo que quieras, pero llega un momento en que es necesario volver.
Por ahora ese es mi lugar. Y cuando tenga que ser otro, confío en que tanto mi cuerpo como el arte sabrán acompañar ese cambio.






