Eunoia Kolektiva triunfa en Circada 2025 con Tenet; el segundo premio recae en Fika por Kairos, mientras que La Clessidra, de Duoxcaso, recibe una mención especial y una cálida acogida por parte del jurado y el público.
En un presente saturado de urgencias y producciones al límite de lo espectacular, el circo contemporáneo se empeña —y no sin cierta rebeldía— en proponer otras formas de mirar, de estar y de vincularse. Eso ha vuelto a ocurrir en Circada 2025, el festival sevillano que se ha convertido, con el paso de los años, en uno de los enclaves esenciales para observar las derivas creativas del nuevo circo europeo.
Este año, el Primer Premio del Panorama Circada ha recaído en Eunoia Kolektiva, un colectivo que se mueve con soltura entre la precisión acrobática y la dramaturgia coral. Tenet, la pieza ganadora, despliega un imaginario geométrico donde todo parece perfectamente medido: cuerpos sincronizados, caminos trazados con escuadra y cartabón, belleza sin fisura. Y sin embargo, lo que termina emergiendo —quizás de manera más elocuente— es el hartazgo que late bajo tanta armonía. La obra lanza una pregunta sutil pero potente: ¿Cuánto puede sostenerse una estructura cuando está privada de la posibilidad de improvisar? En ese punto de ruptura, cuando la perfección se agota y aparece el deseo de lo imprevisible, el espectáculo cobra una fuerza insospechada. No es tanto una crítica directa al orden como una invitación a habitar sus grietas.
En un tono radicalmente distinto, pero con una lucidez igual de incisiva, el dúo franco-portugués Fika presentó Kairos, un ejercicio de contención y escucha que se llevó el segundo premio del festival. Frente a los códigos del virtuosismo acrobático, la pieza se inclina hacia lo poético, lo efímero, lo que pasa y no vuelve. Kairos, concepto griego que nombra el “momento justo”, se transforma aquí en una atmósfera más que en una narración. Los intérpretes no cuentan una historia: la sostienen, la sugieren, la invocan desde lo físico. Con una escenografía doméstica y una radio que emite testimonios reales de momentos reveladores, la obra propone una experiencia sensible en la que lo más simple —una mirada, un gesto retenido, una pausa— adquiere una densidad inesperada. No hay lugar para el artificio. Solo queda el tiempo compartido.
Más allá de los premios, la programación del festival dejó espacio para propuestas que no buscan complacer, sino conmover. Es el caso de Duoxcaso, cuya pieza La Clessidra fue acogida con entusiasmo por el jurado y el público. Inspirada en el imaginario del circo tradicional, la obra no cae en la nostalgia fácil. Al contrario: lo que muestra es un espacio ruinoso donde los recuerdos pesan, los cuerpos envejecen y la risa persiste, aunque sea entre dientes. Hay algo profundamente humano en estos dos payasos que siguen ensayando su número frente a un público ausente, como si resistieran no solo al olvido, sino también al cinismo de los tiempos que corren. Todo está oxidado, dicen. Ellos también. Y sin embargo, siguen ahí.
En un contexto cultural donde lo performativo suele confundirse con la espectacularidad, Circada se reafirma como un lugar donde aún es posible ver procesos, no solo productos. No todo lo que sube al escenario pretende deslumbrar; algunas obras, como las de esta edición, buscan algo más incómodo y más valioso: dejar huella sin prometer brillo.




