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En el décimo aniversario del Huercasa Country Festival, la primera jornada contará con un cartel de lujo encabezado por Son Volt, junto a Myron Elkins, Jason Scott & The High Heat, Color Green y Twanguero.

 

No hay mapas en esta música. Hay polvo, sí. Y distorsión. Y una voz que se raspa contra el silencio de las ciudades pequeñas, de los bares medio vacíos, de las vidas que no terminan de romperse pero tampoco se salvan. Si uno afina el oído, encontrará algo familiar en lo que hacen Son Volt, Myron Elkins, Jason Scott, Color Green o Twanguero. Pero no es nostalgia: es otra cosa. Es lo que pasa cuando alguien decide contar el país desde la cuneta, no desde un sofá mullido.

 

 

Jay Farrar nunca ha necesitado hacer ruido para hacerse notar. Desde que fundó Son Volt tras la disolución de Uncle Tupelo, sus canciones han sonado como si vinieran de un sitio más viejo que la radio. Con Trace, aquel debut de 1995, abrió una senda que se niega a ser autopista. Es música de carretera secundaria, donde los árboles no están recortados y los postes de luz no funcionan siempre. A diferencia de su excompañero Jeff Tweedy y la expansión mutante de Wilco, Farrar se mantuvo firme: lo suyo son las canciones sobrias, cargadas de polvo y dignidad.

 

 

De otra parte, uno se topa con Myron Elkins. No tiene aún 25, pero ya canta como si hubiese vivido más de lo necesario. Lo suyo empezó en Michigan, entre máquinas de soldar y ensayos después del turno. No buscaba sonar limpio, sino real. Su disco debut, producido por Dave Cobb, tiene un título tan brutal como honesto: Factories, Farms & Amphetamines. En él hay historias de abuso, rabia contra la industria musical y una necesidad urgente de decir las cosas como son. Si su voz tuviera textura, sería la de un tablón astillado, pero firme.

 

 

Mientras tanto, Jason Scott abandonó el púlpito para electrificar la palabra. Fue pastor, sí. Ahora predica otra fe: la de la guitarra y los escenarios. Junto a The High Heat, entrega canciones con raíces sureñas, rock directo y una emoción que no finge. En American Grin, su nuevo trabajo, hay humor, hay melancolía y hay también una lucidez que a veces incomoda. Lo suyo no es tanto escribir hits como sostener verdades sin que se rompan.

 

 

Y si uno sigue más al oeste, tropieza con Color Green. Dos guitarras, muchas reverberaciones y una devoción por la improvisación que recuerda más a los Dead que a cualquier banda de festival moderno. Su disco Fool’s Parade parece grabado durante un sueño desértico en California: hay algo lisérgico, pero también muy físico. En directo, no repiten fórmulas. Tocan como si cada noche fuese la última. Y eso se siente.

 

 

Luego está Twanguero. Diego García no quiere sonar americano. Tampoco latino. Lo suyo es una carretera que cruza continentes, donde el fingerpicking español se encuentra con el surf californiano, el tango de arrabal con el bolero fronterizo. Su nuevo disco, Panamerica, nació en un barco durante el confinamiento. No como metáfora, literalmente. Es una mezcla luminosa y a ratos extraña, que no responde a etiquetas. Él no copia estilos: los desarma y los vuelve a armar a su manera.

 

Desde Minneapolis a Madrid: el latido global del Americana en la segunda jornada del X Huercasa Country Festival

 

 

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