Suede, la banda liderada por Brett Anderson y pionera del britpop, debutó en Insólito Sevilla presentando su nuevo álbum Antidepressants y colgando el cartel de entradas agotadas en el Cartuja Center.
La noche empezó con una pequeña dosis de caos y acabó convertida en una de esas veladas me-mo-ra-bles. Entre horarios confusos y rumores no oficiales, muchos se perdieron a Swim School, encargados de abrir para Suede, que fueron el primer sorpresón de la noche. Ellos son escoceses y llevan dándole al rock alternativo desde finales de 2018. En muy poco tiempo se han hecho un nombre dentro del circuito indie británico gracias a una mezcla de guitarras intensas, atmósferas a medio camino entre el dream pop y el grunge melódico, y una frontwoman, Alice Johnson, con mucha presencia y autoridad escénica. Su impecable directo refleja mejor que sus álbumes un sonido entre Wolf Alice, Slowdive, My Bloody Valentine o Smashing Pumpkins, pero con un enfoque más directo; lo mismo desatan la energía y contundencia que melodías envolventes. En apenas ocho años han pasado de ser una banda emergente de Edimburgo a publicar su primer álbum, Swim School (2025). No suenan a promesa, sino a una de las bandas jóvenes más visibles del nuevo rock alternativo escocés… y casi nos lo perdemos. Con Suede ya llevan una veintena de conciertos abriendo el telón por toda Europa.
A Suede se le suele atribuir el pistoletazo de salida del britpop porque apareció antes de la explosión masiva del movimiento y devolvió al primer plano un pop británico orgullosamente local, glamuroso, ambiguo y ajeno al dominio del grunge estadounidense. La banda se formó en Londres, en 1989. Su primer single fue “The Drowners” (1992) y su debut, Suede (1993), entró directamente al número 1 en Reino Unido. Dog Man Star (1994), obra maestra, estuvo marcada por tensiones entre la voz mágica de Brett Anderson y la guitarra extraordinaria de Bernard Butler, que abandonó la banda antes de su publicación. Parecía un golpe casi mortal, nadie daba ya un duro por ellos, pero Suede reaccionó con fuerza: el jovencísimo Richard Oakes ocupó su lugar y Coming Up (1996) fue un sorpresón, más pop y expansivo, con una ristra de singles enormes que confirmó que el grupo seguía muy vivo.
Entre 2001 y 2003 se habló de declive, aunque no fue un desplome total: A New Morning quedó como el título más débil de su catálogo y en 2003, tras publicar Singles, la banda se separó. Después, Brett Anderson desarrolló una sólida carrera en solitario, más íntima y literaria, tras el paréntesis de The Tears, de nuevo junto a Butler.
La reunión llegó en 2010 y terminó convirtiéndose en una auténtica segunda vida para Suede. Desde entonces han firmado una etapa muy consistente con Bloodsports, Night Thoughts, The Blue Hour, y un díptico “punk” que conforman Autofiction (2022) y Antidepressants (2025). La conclusión de esta segunda etapa está clara: no son sólo una reliquia noventera. De hecho, Brett lleva repitiendo un tiempo que son una banda antinostalgia.
Pues bien, tras Swim School, llegaron Suede con una puntualidad muy de donde son. Expectación máxima, fans agarrados a la barrera y las entradas agotadas. Este era el panorama en el Cartuja Center CITE dentro del Festival Insólito. El lleno estaba anunciado desde hacía meses, incluso se habilitaron los asientos superiores para albergar más almas. La proyección de la portada de Antidepressants estaba a punto de desaparecer; un homenaje visual a Francis Bacon, con Brett Anderson de rodillas, sin camiseta, en blanco y negro, delante de dos piezas de carne colgadas. Solo con esa imagen ya se entiende bastante bien el clima del disco: algo físico, crudo, casi de matadero emocional del que escapar. Una advertencia, más que un augurio.
La banda lleva variando el orden del repertorio desde que empezó la gira, pero el comienzo con “Disintegrate” y “Antidepressants” suele seguir intacto. Ideal para que cantante y público calentaran cuerdas vocales. La acogida de estos temas durante el recital llegó a eclipsar por momentos otros clásicos de la banda, que ya son clásicos de la música, como la siguiente, “Trash”, aquella que nos mostró que la banda estaba llena de vida aun sin Butler. Luego sonó “Animal Nitrate”, probablemente la primera canción de Suede que se hizo popular en España, tras ser el single de su debut que más alto llegó en Reino Unido. A la orwelliana “We Are the Pigs” de Dog Man Star le siguió “Personality Disorder”, de Autofiction. Más que una simple concesión guitarrera, Autofiction y Antidepressants muestran a unos Suede que endurecen su sonido y lo vuelven más nervioso, seco y existencial: primero desde el impulso punk y después desde una sombra claramente post-punk, más sombría y reflexiva. En este giro hacia el punk, en esta vuelta a lo básico, hay una diferencia temática de fondo: mientras el punk clásico dirigía su rabia contra un sistema capitalista depredador, Suede muestra las cicatrices y heridas del hombre moderno, y cómo esa rabia se ha transformado en ansiedad, alienación o desorientación. Con “The 2 of Us” se acabaron las canciones de Dog Man Star. Una balada delicada, delicadísima, que comenzó con Brett en el suelo escenificando aquello de “Tumbado en la cama, pienso en ti / Y se me viene a la cabeza aquella canción, la que los dos conocíamos”.
En este punto del concierto, el sonido se corrigió y equilibró mejor a la banda con respecto a la voz de Anderson que hasta entonces había estado demasiado por delante. A “Turn Off Your Brain and Yell” le siguió “Filmstar”, que junto a “Animal Nitrate” nos trajo de vuelta al Brett más amanerado, aquel de principios de los noventa. “Can’t Get Enough” provocó, quizá, el mayor desborde emocional del público hasta ese momento, que se deshizo en gritos, cantos y que, por cierto, exhibió un civismo de categoría durante todo momento. “June Rain” figura entre lo mejor de Antidepressants y, en directo, crece todavía más. Anderson controla perfectamente cómo el tema se expande y gana cuerpo hasta desembocar en un segundo estribillo más amplio y poderoso, sostenido por acordes contundentes y una batería muy envolvente. Scott Walker estaría aplaudiendo desde el Olimpo, mientras Anderson se paseaba entre el público micrófono en mano. “She Still Leads Me On” es uno de los nuevos clásicos de Suede más potentes, y eso se hizo notar en todos y cada uno de los presentes. Otro sablazo para esos grupos que comenzaron casi a la par que Suede y siguen viviendo de aquello. “Shadow Self” también gana enteros en directo, con sus estrofas, casi recitadas, que contienen la tensión hasta que el estribillo libera por fin la melodía. La canción parece girar en torno a ese yo sombrío que uno no deja atrás del todo, sino que aprende a reconocer como parte de sí. La siguiente, “Trance State”, con su estribillo irresistible, describe un estado agravado por la medicación, de embotamiento y desconexión; nada queda del romanticismo aquel de “The Chemistry Between Us”, del álbum Coming Up. Muy de agradecer fueron las sombrías proyecciones tras el escenario; en algunos momentos, los olvidadizos podían consultar las letras.
“Life Is Golden” es el único tema de The Blue Hour que sonó. Una lástima, que no lo fue tanto. La esperanzadora balada quedó reducida a la voz de Brett Anderson, con Neil Codling al piano, creando un clima de fragilidad y recogimiento que detuvo por un momento la agitación de la noche. Anderson bajó lentamente el micrófono, cantó sin amplificación, con la voz desnuda suspendida sobre un silencio absoluto, y después devolvió poco a poco la canción al público, que remató con él la estrofa final en un instante de comunión que desbordó lo puramente musical. Inevitable acordarse en este punto de la carrera en solitario de Anderson, sostenida tantas veces sobre esa misma desnudez expresiva. Y ya con el final de la velada asomando, otra muy coreada, “Everything Will Flow”, con su extraño optimismo melancólico, con energía pero sin dramatismo.
Que Brett Anderson estaba pletórico y en forma a sus 58 años quedó más que claro, sobre todo llegando a la recta final. “So Young”, del álbum de debut, nos trajo una liturgia que viene de lejos: Anderson hace girar el cable por encima de la cabeza y lo va dejando caer hasta que se le enrolla por todo el cuerpo. Cuando la canción alcanza la cadencia final, el cable se termina y él cierra la escena con una reverencia. “Metal Mickey”, otro himno del debut, lleno de deseo, fascinación y sexualidad, precedió a la coda de “Beautiful Ones”, que provocó el éxtasis en los asistentes. Y todo habría acabado si no se hubieran marchado para volver con la más esperada para más de uno, “Dancing with the Europeans”, segunda oda a nuestro continente, ahora gestada en tiempos del Brexit. Brett: “Casi creo que la gente no entiende la psicología básica de los conciertos, o al menos lo que hace que un concierto de Suede funcione. Todo depende muchísimo del contacto con el público”. El tema desató la euforia del público, que terminó aplacada con “Saturday Night”, que sirvió como inevitable final.
Más allá del magnetismo inevitable de Brett, lo mejor es que Suede sigue sonando como una banda de verdad, y ahora con más garra, pero reteniendo la elegancia de siempre. Richard Oakes, que asumió la herencia de Bernard Butler sin caer en la imitación y con una sensibilidad que por momentos remite a Johnny Marr o John Squire, puso de manifiesto que sabe sostener en directo buena parte del nervio de Suede, dando forma y empuje a canciones que en sus manos nunca suenan inertes. Neil Codling, eficaz tanto a la guitarra rítmica como a los teclados, corroboró una vez más que también sabe aguantar la pose de fingir estar ausente. En la sección rítmica, Mat Osman mete a Suede en movimiento con un bajo que tira de las canciones hacia delante, mientras Simon Gilbert las mantiene en tensión con una batería seca, precisa y sin golpes sobrantes.
Suede dejó claro en el Cartuja Center CITE, todavía impregnado del paso reciente de Morrissey, que sigue siendo una banda con mando absoluto sobre el escenario. También confirmó algo que a veces se da por supuesto y no siempre se subraya lo suficiente: tiene un repertorio descomunal, no solo por cantidad, sino por nivel. Ahí están, como prueba, esos dos álbumes dobles de caras B, Sci-Fi Lullabies, que lejos de ser material secundario, son parte esencial de su obra. Suede volvió a constatar hace tiempo que juega en una liga ajena a modas, etiquetas y viejos prejuicios: dejaron atrás el sello de britpop y lo de aquel simplismo de llamarlos en su día “nitrato de Bowie”. Son también mucho más que un eco lateral de Morrissey o del glam rock. De ahí que el setlist resultara especialmente revelador por dos motivos: no incluyó ni una sola versión y tampoco descansó en los clásicos. Al contrario, Suede construyó el concierto sobre sus dos discos más recientes y dejó que los himnos reforzaran el repertorio, pero sin convertirlos en muleta.
Para cerrar, Anderson dejó caer ante el público, en forma de pregunta, que no tenía del todo claro si Suede había tocado allí antes. Sí pareció tener claro, en cambio, que volverían. Vista la reacción de la sala, no hace falta añadir mucho más: aquí se les esperará.





