Coincidiendo con el Día de la Visibilidad Lésbica, se inaugura Queer Cinema Club (QCC), un espacio diseñado para romper la soledad del visionado doméstico y la frialdad de las salas comerciales. Queer Cinema Club arranca hoy martes a las 20:00 h en la Fundación Triángulo Andalucía con la proyección de Summer’s Camera (2025, Divine Sung), una cinta que todavía escuece en la sociedad surcoreana: lo difícil que es —y ha sido siempre— amar fuera de la norma. La entrada es libre hasta completar aforo.
Cartier-Bresson decía que fotografiar consiste en poner en el mismo punto de mira la cabeza, el ojo y el corazón. Pero para Summer, la protagonista de este debut de Divine Sung, el mundo se ha quedado completamente fuera de foco. Tras perder a su padre, la realidad se ha vuelto para ella una sucesión de instantes vacíos que ni siquiera merecen el esfuerzo de apretar el disparador. Pero ya sabemos cómo es el cine: el duelo suele ser el escenario perfecto para que asome una epifanía. Así nace Summer’s Camera (여름의 카메라), una película que va mucho más allá del típico primer amor adolescente bajo el sol de Corea; es, en realidad, un ejercicio de arqueología emocional que usa un carrete viejo para sacar a la luz una identidad que llevaba décadas bajo llave.
Es el estreno soñado para Divine Sung. Graduada en la Universidad Nacional de Artes de Corea (KNUA), la directora tiene una mano izquierda increíble para mezclar esa precisión geométrica tan suya con una carga sentimental muy bestia. Al principio vemos a una Summer bloqueada, con la cámara en un cajón y pasando de todo, hasta que aparece Yeon-woo. Ella es una futbolista que derrocha una energía capaz de obligar a cualquiera a volver a mirar por el visor. Pero el giro que de verdad te rompe los esquemas llega cuando la chica decide usar la vieja cámara analógica de su padre para retratar lo que siente.
Al revelar ese carrete que llevaba años olvidado, Summer encuentra el rastro de una vida secreta: fotos de un hombre que fue el amante de juventud de su padre. Ahí es donde la peli deja de ser un coming-of-age al uso y se convierte en un relato LGBTQ+ que conecta dos épocas. Sung hila con mucha delicadeza el despertar de la hija con ese pasado reprimido del padre, abriendo un melón que todavía escuece en la sociedad surcoreana: lo difícil que es —y ha sido siempre— amar fuera de la norma.
Gran parte de la culpa de que la cinta funcione tan bien la tiene Kim Si-a. Ya se veía de lo que era capaz en The House of Us o Kill Boksoon, pero aquí se confirma como una de las actrices con más futuro de su generación. Tiene ese don tan raro de la interpretación mínima; su cara es un mapa donde se lee la tristeza y el asombro sin necesidad de soltar ni una frase de más. Con ella entiendes que enamorarse también va de aprender a ver a los demás como personas reales, con sus propias luces y sus sombras.
En lo visual, el trabajo de Lee Ji-min con la foto es impecable. Juega todo el rato con el contraste entre la frialdad perfecta de lo digital y esa textura cálida, con grano, de los negativos antiguos. Al final, es en esa “imperfección” de lo analógico donde vive la verdad del padre. Y ojo a esa toma circular de 360 grados que resume de maravilla el crecimiento de Summer: esa capacidad de mirar atrás sin miedo para, por fin, tirar hacia adelante.
Después de patearse medio mundo en 2025, desde el BFI Flare de Londres hasta Nueva York o Seúl, y que el KOFIC haya apostado por ella demuestra que el cine coreano todavía sabe equilibrar el éxito comercial con historias que tienen algo de verdad que contar.
Cualquier foto es el intento desesperado de retener algo antes de que se apague la luz. Al disparar su cámara, Summer captura el rostro de su primer amor, y le da una libertad tardía a la memoria de su padre. Es esa herencia que se revela, como los negativos en las cubetas, solo cuando nos atrevemos a entrar en la oscuridad del cuarto oscuro. ¿Cuántas historias de amor seguirán ahí fuera, veladas, esperando a que alguien decida darles un poco de luz?

