La Zaranda presenta su último trabajo, Todos los ángeles alzaron el vuelo, en el Teatro Central, donde la compañía jerezana levanta un bodegón humano con los restos de la modernidad.
Hay un teatro que no se ve, sino que se respira. Un teatro que no busca el aplauso cómplice, sino que se instala en el aire como una atmósfera espesa de la que es imposible sustraerse. La compañía jerezana La Zaranda, tras décadas de resistencia, demuestra con su última propuesta que su lenguaje es ya un territorio propio y reconocible, una rareza absoluta en el panorama actual: una exposición cruda y poética de lo residual humano.
Aunque la obra sostiene una historia lineal, el hilo narrativo no es más que un pretexto para desplegar lo que verdaderamente importa: un lenguaje poético, visual y simbólico que desborda el escenario. Yonquis, presos, putas, discapacitados… cuerpos devastados por una modernidad que solo reconoce los tiempos productivos.
La Zaranda rescata a estos “últimos” y los sitúa en el centro de un auténtico bodegón humano. No hay condescendencia en la mirada, sino una belleza técnica que brota de lo grotesco, transformando el escenario en un espejo de la insatisfacción contemporánea a través de una estética que parece pertenecerles únicamente a ellos.
La potencia visual de la pieza reside en una economía de guerra escénica. Con un inventario rescatado del olvido —cuatro mantas, libros viejos, unos zapatos de tacón rojo, una silla de ruedas y el esqueleto de una cama antigua— la compañía construye una iconografía contundente. Cada objeto funciona como un talismán de la derrota, como si los personajes jugaran con cartas marcadas y con la partida perdida de antemano. Saben que la condena es, en última instancia, su propia existencia.
El trabajo actoral es, sencillamente, visceral. Paco de La Zaranda entrega una interpretación que parece contener siglos de tragedia y picaresca, moviéndose entre la sombra y la luz con una precisión asombrosa.
Mención aparte merece el trabajo de Ingrid Magrinyá, cuya sensibilidad en el movimiento corta el aire. Su capacidad para encarnar la fragilidad en medio del caos se convierte en el contrapunto necesario para que la obra respire y adquiera una dimensión física casi tangible. Junto a ellos, el elenco logra lo que pocos: sostener una presencia escénica cruda y sin artificios.
Es, en el fondo, la dignidad del desecho. El texto de Eusebio Calonge funciona como un bisturí que disecciona la realidad de quienes habitan los márgenes. La Zaranda nos obliga a mirar al vacío y, por un segundo, reconocer que en la profundidad de esa nada también puede aparecer una luz cegadora.



