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En la penumbra del escenario del Teatro TNT, se divisa una ruinosa montaña oxidada. La conforman sillas, candelabros, máscaras, radiadores, maletas… Presencias inertes de aquellos útiles que nos acompañaron, nos complacieron, nos dieron placer y felicidad sucumbidos ante el abandono y el desuso, convertidos en Hierro Viejo. El demiurgo de ese reino de lo desechado, Tiresias, descansa en la cima, inadvertido, mimetizado en las sombras, mientras los espectadores llenan la sala del TNT. Ese sabio loco, se merece un buen reposo, porque durante la siguiente hora se va a enfrentar a una tarea titánica en la era contemporánea: Vender Hierro Viejo.

El célebre adivino ciego de la mitología griega, Tiresias, nos muestra su reino del desamor, el abandono y la ruina material (y humana). Nos recibe con un soberbio monólogo cargado tanto de la fatalidad de las antiguas tragedias griegas como de la perspectiva de género más actual de los tiempos que nos envuelven. Este monólogo y sus sucesivas intervenciones introducen la historia de los Locos Enamorados, una pareja sometida a los vaivenes del destino que parece no estar nunca preparada para amarse.

Vendo Hierro Viejo es la ópera prima de la poeta y performancer Noelia Morgana. Destaca por su ritmo e intensidad visceral que no permiten el descanso del espectador. No es una obra para entretener, sino para inquietar. No tranquiliza con una catarsis clásica, sino que revuelve y carga tu estómago y tu corazón con dilemas fundamentales y la urgencia por dejar de posponerlos. En Vendo Hierro Viejo las emociones se desbordan, se desparraman por el escenario y por el auditorio. Parte del público íbamos del llanto a la risa, de la compasión al espanto, del silencio paralizado al asombro nervioso. La total entrega del elenco y de la autora sostienen un personalísimo relato sin tiempo ni espacio pues este mito – como todos los mitos, grandes y pequeños – es una verdad que nunca ha sucedido.

Foto: Rafa Núñez Ollero

Foto: Rafa Núñez Ollero

 

La figura de Tiresias como nuestro narrador, interpretado por Nacho Terceño de manera magistral -en el sentido completo de la palabra, pues resulta aleccionador ver la fluidez con la que recorre registros y máscaras diferentes sin perder el ritmo- con unos elaboradísimos monólogos cargados de literatura de alto nivel, poética sincera y simbolismo profundo, es el guiño de la obra a la estructura y modos clásicos. A partir de ahí, y en fuerte contraste, cada escena se nutre de la experimentación actoral de la pareja protagonista: unos locos enamorados, peleados, divorciados, desconocidos, desencantados, oxidados. Mujer Loca y Hombre Loco, a los que el Destino reúne, sacude, colisiona hasta convertir el óxido de sus corazones -y los de más de un espectador- en 400.650 virutitas incandescentes.

El dispositivo escénico atraviesa juegos de repetición actoral que nos sumergen en las viciadas y reconocibles dinámicas de pareja universales. La obra despliega emocionantes experiencias con las partituras corporales, los registros realistas, poéticos y farsescos de la mano de Carlos Ruíz y Rocío Viñals que se rompen, se reconstruyen, se buscan y se enfrentan con una madurez interpretativa y una actuación depurada al extremo tras un año de ensayos y preparación.

La escenografía es sencilla pero contundente: Una gran pila de objetos de hierro oxidado, fácilmente reconocibles que destilan la nostalgia, la decadencia y, en definitiva, la entrópica fatalidad del amor. Los tonos ocres y rojizos del óxido cubren objetos, prendas y sirven de paleta de color para la iluminación escénica del oxidado mundo del adivino/narrador Tiresias. El cíclico y simétrico mundo de la pareja a través de las diferentes estaciones de su amor:

Foto: Rafa Núñez Ollero

Foto: Rafa Núñez Ollero

 

Encuentro, romance, confesión, dudas, ruptura, reconciliación y clímax contrasta con un hipnótico y cuidado juego de luces blancas y azules que subrayan la pureza con la que se nos presentan las emociones de los personajes pasadas a través del filtro escénico pero cargadas de una verdad innegable.

El espectador aún se encuentra tratando de recomponerse del rompecabezas (o más bien rompecorazones) emocional que es Vendo Hierro Viejo, cuando Noelia Morgana inesperadamente se personifica desde el público para expresarnos como ejercicio de metalenguaje el origen de su deseo de realizar la obra. Con un entrañable (que viene de tocar las entrañas) monólogo que transcurre entre la idea filosófica de la creación artística como necesidad de expresar heridas internas hasta la historia real de amor y desamor que sirve como punto de partida autoral, Noelia se confiesa con toda la fuerza de su presencia y la voz poética que la caracteriza.

Noelia Morgana es un nombre de sobra conocido dentro de la poética feminista española de esta generación. Su poesía está ligada íntimamente a la performance de su recital, puesto que sus orígenes se encuentran en la formación como actriz en la Escuela Superior de Arte Dramático. Ello conlleva –y lo sabemos los que hemos asistido a muchos de sus espectáculos en solitario- que recita una poesía que no es visceral, sino una evisceración. No es sexual, es sexo recitado.

Noelia, libre y tormentosa expresa en el medio escénico uno de sus principales temas clave: la frustración existencial del amor. Asistir a Vendo Hierro Viejo es hacer un viaje a las diferentes estancias de este monumento interno al amor y al desamor: El deseo de permanencia del ser querido, la valentía de amar la locura, de besar la herida, de comprar hierro viejo. En definitiva, de apostar por la vida, aunque todo huela a muerte.

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