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Carne de Canción de Laila Tafur formó parte de la programación de Vertebraciones del presente año, junto a Todo esto no es tradición de Rocío Barriga (pieza que tengo previsto cubrirla a través de este medio, el próximo 5 de junio en el Teatro Távora –Sevilla-). Edición que de un modo u otro, da muestras de que llevamos un tiempo en el que la normalidad en las artes escénicas, se está asentando tras más de dos años de pandemia. Aunque no hemos de dejar de mencionar, que este sector aún tardará en recuperarse del todo de los efectos adversos producidos, por este acontecimiento que irrumpió en cada uno de los ámbitos de nuestras vidas.  

 

Dicho lo anterior, conviene adentrarse en lo que nos ofreció Carne de Canción. Esto es: Cada vez que veo un trabajo que identifico bajo el amplio campo de la “performance”, me “visita” una mezcla de incredulidad hacia lo que está planteando el creador/intérprete, y curiosidad por saber a dónde nos quiere llevar el mismo. En el sentido de que parece que lo que puede suscitar al público, en el cómo se acerca al público…, termina siendo secundario, en favor de darle más peso a que el contenido del trabajo en juego, se desenvuelva con la mayor comodidad posible: Una suerte de situar al creador/intérprete como catalizador de algo que no ha de ser conducido en exceso. Porque no vaya a ser que lo que está emergiendo, se “domestique” bajo los parámetros de lo académico u otras cuestiones ya instauradas.

Por tanto, lo más justo es no tener las mismas expectativas a la hora de ver este tipo de trabajos, que los que se puedan acercar a más a lo “convencional” (por más problemático que resulte usar este adjetivo, refiriéndonos a algo dentro de las artes escénicas contemporáneas). Lo cual desplaza al espectador a una situación en la que no sabe a qué atenerse, bajo qué mirada puede enfrentarse a este tipo de trabajos. Claro que a más de uno le nace de forma visceral, el rechazo y el no dar crédito; otros se dejan cautivar buscando algo que les sorprenda, para salir aunque sea por un rato, de lo que se han acostumbrado. Ello demuestra que hay que educar nuestras miradas para tener un criterio, con el fin de saber afrontar este tipo de lenguajes que aparentan ser minoritarios, e incluso escurridizos.

¿Educar nuestras miradas sobre algo tiene porqué implicar una predisposición a que nos guste en un futuro más o menos lejano, al respeto de algo que hemos decidido entregar parte de nuestra atención? ¿Acaso el darnos cuenta de que algo no nos seduce a primera vista, no nos brinda la oportunidad de entender el porqué no nos gusta lo que no nos gusta? ¿En dónde podemos diferenciar al profesional que tiene una línea de trabajo muy personal, del profesional que tiene recursos suficientes para hacer lo que desee, pero sin embargo, prefiere  centrar sus esfuerzos a cosas que al final carecerían de consistencia escénica y de contenido? Estas y más preguntas, considero que nos pueden ayudar a revelar la frontera entre el criterio y el gusto subjetivo de cada uno.

Foto: CIRAE

Foto: CIRAE

 

Que quede por delante, que en esta edad contemporánea el gusto subjetivo de cada individuo ha ido ganando valor, más allá de la cultura de masas en la que estamos desde hace cerca de un siglo, o qué decir sobre cómo se ha ido degradando el peso del sujeto moderno, desde los llamados Maestros de la Sospecha (Kierkegaar, Freud, Nietzsche y Marx), pasando por los feminismos de “segunda ola”, el pensamiento de Foucault, etc.…, hasta la actualidad. Así las experiencias y las impresiones personales se han ido dotando de mayor solidez epistemológica, de una manera absolutamente desbordante. Sacando a la luz terrenos que esperan ser explorados: Unos serán fecundos en posibilidades, y otros nos vulgarizarán.

Como no puede ser de otra manera, lo anterior ha intervenido en los espectadores y creadores, dejándonos a expensas de un futuro lleno de interrogantes sobre a qué direcciones se moverán las manifestaciones artísticas, que se quieran desligar por completo de la tradición que les dio lugar. A continuación vuelvo a Carne de Canción de Laila Tafur, y me percibo sin nada más allá de lo antes expuesto para aportar a los creadores, programadores y espectadores. Ya que, irremediablemente, me precipitaría a justificar una postura personal que desconozco hasta qué punto puede enriquecer al libre desarrollo de este tipo de trabajos y tendencias. No obstante, no voy a dejar de señalar que varias de las cosas que componen a esta pieza tienen un potencial tan grande, que tengo la convicción de que la misma aún le queda mucho por madurar y crecer.

Invito a Laila Tafur a no conformarse, a seguir profundizando. Porque todo es susceptible de ser superado (sea en la propia pieza, o haciendo una siguiente teniendo presente lo que caracterizó a la que le dio pie), siendo que en estos casos, situaría a los que nos aplauden y a los que no, como el combustible que nos ayudaría a transcender. Así,  eso de leer de manera cantada las dispares cosas que trajeron los espectadores, la “canción de Encarni”, su danza con los teclados, etc…, se pueden enfocar de tantas maneras, que dar con una combinación definitiva le llevaría toda una vida. Por ello entiendo, que siempre en este tipo de trabajos decantarse por una combinación en concreto, es un riesgo que te expone a ser percibido por debajo o por encima, de lo que uno es.

En definitiva, lo que yo vi en Carne de Canción responde a haber estado bajo una condición determinada, ante una pieza que se lanza a ser leída de tan infinitas maneras, que lo preocupante sería que produjese indiferencia. Y allí está uno de los grandes logros de esta profesional, dado que le permite seguir andando en un sendero que aún no le exige cambiar de horizonte. He allí que agradezca la valentía y espíritu aventurero por parte de la PAD (Asociación Andaluza de Profesionales de la Danza), por apostar a darle espacio a este tipo de trabajos que tantas reflexiones me ha supuesto.

Foto: CIRAE

Foto: CIRAE

 

 

 

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