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Los tres espectáculos que conformaron la programación de la mañana de la última jornada de la 19º del Festival Trayectos, nos hizo reencontrarnos con un barrio que puede ser visto como algo más que un lugar de residencia y hacer vida en común con los vecinos.

 

Y por qué no decirlo, también esta cita anual siempre nos ha ofrecido la oportunidad de conocer espacios de la ciudad de Zaragoza, que muchos de sus habitantes no habrán conocido hasta ahora.

 

 

Foto: Marta Aschenbecher MIMÖI

Foto: Marta Aschenbecher MIMÖI

 

“IKEBANA” con MA-JO (Aragón). 

Coreografía e interpretación: Gonzalo Catalinas, Paloma Marina y Huguette Sidoine. Música: Alfredo Porras.

La danza butoh se ejerce, entre otras cosas,  moviéndose uno en una fina línea entre bailar de dentro hacia afuera, o sólo explorando en medio de un viaje interior. Lo cual hace de lo más enigmático lo que está transitando el intérprete durante la representación de la pieza en cuestión, lo que en consecuencia se traduce en que los parámetros de los cuales uno se suele guiar a la hora de analizar una pieza de danza clásica o danza contemporánea, se perfilan como insuficientes ¿Eso implica que todo vale, dado que la mayor parte del público no está versado en esta disciplina? O por el contrario ¿Ello significará que los creadores e intérpretes, podrán verificar, fehacientemente, en qué momentos han localizado el camino correcto para transcender como artistas?

Que quede por delante que no hay que desmovilizarse de ningún modo, pero si tener presente que en este contexto los espectadores y artistas, estarían vagando en un lugar que hasta ahora no ha sido establecido del todo en España. Entonces ¿Lo que nos representaron los integrantes de MA- JO cabe calificarlo? Pues para no caer en precipitaciones, creo que lo más sincero es preguntarse si a uno le ha removido algo, o ha conectado de alguna forma con Ikebana.

 Los integrantes de esta compañía aragonesa (teniendo como aliados a la organización del Festival Trayectos, que así se encargaron de disponerlo)  se las ingeniaron para hacer de su representación una experiencia inmersiva, generando un ambiente ceremonioso apoyándose en el espacio sonoro que estaba a cargo de Alfredo Porras y el correcto cumplimiento por parte del público, de entrar al espacio asignado con calma. A continuación, fueron desarrollando un trabajo en el que sus intérpretes conseguían que cada minuto se estirase hasta su máxima extensión. Habrá algunos que se habrán sentido desorientados o desconectados con la pieza, y a saber si otros se habrán ido con una experiencia que les habrá dejado embelesados por la parsimonia con la que se sucedían las acciones de los intérpretes de Ma- JO. Dado que hubo movimientos delicados y sutiles que intentaban fundirse con el denso aire que se respiraba en la sala, y otros eran propios de “seres del inframundo”, que no habrán conocido otra “civilización” cuyo lenguaje y formas, nos resultarían toscas y quizás primitivas.

De cualquier modo, estoy convencido de que los integrantes de  esta compañía les queda mucho camino por recorrer para alcanzar la mejor versión de sí mismos como bailarines de danza butoh, lo cual no entra en conflicto con que  se les perciba con empuje, convicción y respeto por lo que están haciendo. Ello nos ha de emplazar a nosotros los espectadores, a ponernos en contexto sobre qué vamos a ver y a quiénes vamos a ver, como modo de amoldar nuestros grados de exigencia y expectativa a quien fuere que se presente en escena. Sí es que proyectos como el Festival Trayectos están planteados desde una sensibilidad y  sabiduría, que les conduce a ofrecer espacios en su programación a compañías locales y otras que aún están profundizando en su línea de trabajo, cosa que nos demuestra a nosotros los espectadores, que la danza ha de ser conocida desde cada uno de sus estratos.

Entender que una forma de crear una tradición dancística en un territorio determinado, pasa también por ir configurando una base fuerte capaz de que las redes entre personas involucradas con esta profesión, se mantengan firmes y no dependan de las idas y venidas de tiempos más propicios para ejercer como profesionales involucrados con la danza. Lo cual está totalmente relacionado con generar público que se interese por seguir las programaciones de los festivales y teatros de sus respetivas localidades; como también, de estar dotados de instalaciones y recursos humanos que inviertan toda su empresa en el mantenimiento de una disciplina que se transmite de “cuerpo a cuerpo”. Esto y más cosas son varias que no han de faltar para que no haya quien intente superar la dura tesitura de formarse como pueda en la región en la que ha nacido, para luego irse a las localidades que están “sobre pobladas” de profesionales que buscan desarrollarse en lo que han dedicado tantos anhelos, amor y esfuerzo.

Foto: Marta Aschenbecher MIMÖI

Foto: Marta Aschenbecher MIMÖI

 

«Abducida» de MELISA CALERO (Andalucía). 

Coreografía e interpretación: Melisa Calero

Se nos presenta a un personaje que saca a relucir la cruda realidad que supone crear un montaje escénico, intentando mantener la compostura en medio de un contexto donde se le exige al profesional, estar lo suficientemente vigoroso como para que las endebles condiciones materiales en las que se desenvuelve en vida, no sean un obstáculo en la tarea de demostrar su valía en las pocas oportunidades que tiene a su disposición. Esto no es sólo es una cosa que padecen los artistas emergentes, también los consolidados perciben esa fragilidad (que salvo en momentos concretos de sus trayectorias no desaparece).

Los profesionales consolidados son individuos que han tenido que ganar versatilidad a base de superar retos que pocos han podido o no han querido afrontar llegados hasta ciertos límites. Pues, les estoy hablando de una profesión en el que la vocación y el orden de prioridades están tan asentados en los mismos, que se aprende a vivir el día a día; como también, a digamos a no estar tan apegados a comodidades materiales que superan lo imprescindible para una vida más o menos digna. He allí que Melisa Calero nos represente a un personaje que se desenvuelve en la frontera entre el desbordarse por la enorme presión a la que está sometido y el sublimarla, apuntando a un horizonte en el que se termina despersonificándose en favor de confundir su identidad con los estados que transita.

Lo cual encaja con que veamos movimientos que repite impulsivamente esta profesional andaluza, movimientos que pasan del “balbuceo” (si se me permite la expresión) a formar parte de una composición que la elevan a una dimensión en la que pierde relevancia qué es real y qué es fruto de sus inquietudes. El caso es que ella termina teniendo una relación “vampírica” con la danza. Por ello esta pieza puede ser entendida como una reivindicación política de cara a dignificar las condiciones materiales y de salud mental de los profesionales, que se dejan la piel por mantener su disciplina viva. Porque han invertido todo lo que son por una cosa que sin ella, quizás sus existencias carecerían de sentido y significado.

De esta manera Abducida ser perfila como un acto performático cuya estética “galáctica”, se alía con los dispares cortes musicales de los cuales se vale para representar las enormes dificultades de mantener el norte, en medio de una realidad en la que se viven aventuras y desventuras de lo más bizarras. La combinación de fantasía y un sentido del humor ácido generan una solución muy potente, que no deja indiferente a nadie. Y más aún si Melisa Calero supo de manera brillante y gradual, introducir movimientos que aparentemente, no encajarían en una misma pieza. Pero no, ella tiene el bagaje para saber enriquecer su baile flamenco con su danza contemporánea, y viceversa, sin que ello parezca una yuxtaposición caprichosa.

En definitiva, Abducida me parece un trabajo maduro, valiente, eclético, riguroso, y sobre todo, nacido de la verdad de esta bailaora. Desconozco si para Melisa Calero pasar por esta experiencia le ha supuesto consecuencias del tipo terapéuticas, pero los que nos ha entregado, a nosotros los espectadores, es un regalo de incalculable valor.

 

Foto: Marta Aschenbecher MIMÖI

Foto: Marta Aschenbecher MIMÖI

 

«LABRANZA» de COLECTIVO LAMAJARA (Cataluña).  

Coreografía e interpretación: Paloma Hurtado de la Cruz, Daniel Rosado, Reinaldo Ribeiro Sardinha.

Labranza es un montaje que desde el respeto a las personas que se ganan la vida de trabajar en el campo, consigue representar un ambiente en el que el trabajo duro y lo lúdico se combinan de tal modo, que ello se convierte en una forma de entender la vida. En los días que corren, y más aún en las grandes ciudades, muchos son los que viven desapegados a los empleos que le dan más o menos una remuneración que les cubriría sus necesidades básicas, y así disponer aunque sea de un poco de tiempo, para dedicarle a sus seres queridos y aficiones. Lo cual no implica que las personas que viven de la agricultura, disfruten de una mejor calidad de vida, hecho que se ve bien reflejado por parte de los integrantes de Colectivo Lamajara, cuando éstos se apoyan los unos a los otros para que nadie se quede en el camino.

Se percibe que todos estos personajes se comunican y desenvuelven desde unos códigos que, a nosotros los espectadores, nos pueden resultar entre entrañables y de algo que nos remitiría a algo propio de unas cuantas décadas. Quizás no falte quien suelte la necedad  de que las personas que habitan los territorios rurales, están en un estadio alejado de todos los progresos alcanzados en las grandes ciudades. Pero que no nos confunda que haya personas que siguen aplicando técnicas centenarias para desarrollar su trabajo, pues, la sabiduría que hay detrás de las mismas son las que han conseguido que a pesar de numerosas dificultades, nosotros los seres humanos hayamos prosperado como especie. Especie que se ha valido de una sofisticación que le ha permitido erigir ciudades que no producen nada de lo que comen.

Es muy bonito ver el cómo estos profesionales han conseguido un montaje en el que han traducido en danza, las cosas de las cuales se habrán documentado. Y por más que su inmersión habrá sido susceptible de ser ampliada, el caso es que terminó siendo una muestra de que éstos  se dejaron impregnar lo suficiente como para reproducir imágenes estilizadas, con las que ir constituyendo una suerte de “álbum de fotos” en el que estén recogidas aquellas escenas en las que ellos compusieron un trabajo, que no pretende imitar de manera naturalista ni narrativa, una realidad que no cabe dudas que les habrá atravesado como bailarines, creadores y seres humanos.

El Colectivo Lamajara no se privó de sacar un extenso repertorio de portés, variaciones grupales o cosas que serían más asociables al teatro físico. Lo cual habrá sido una tarea complicadísima de llevar a cabo sin que parezca que se mete esto y lo otro como relleno, de una escena a la otra. Piénsese que Labranza es una pieza que fue montada respondiendo a la necesidad de que se perciba el paso del tiempo sin que ello entrecorte a una escena  de la siguiente, sino como si se fuese generando un cambio de una manera gradual y espontánea. He allí que todo lo que les llevaba a la siguiente escena precisaba terminarse: todo a lo que se le volvía hacer alusión, era reconocible porque antes lo habían llevado al límite. En medio de un intervalo que les condujo a  representar una pieza que nunca desentonó, a pesar de la gran pluralidad de los elementos que la componían.

 

Dos emblemáticas plazas del casco histórico de Zaragoza, fueron los escenarios que dieron cierre a la 19º edición del Festival Trayectos

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