La historia del flamenco está pavimentada de herejías que acabaron convirtiéndose en dogma. Desde que genios como Paco de Lucía con su Fuente y Caudal o Camarón con su Leyenda del Tiempo decidieran que el compás podía y debía dialogar con instrumentos eléctricos, la evolución no ha pisado el freno. Hoy, la vanguardia no empuña solo bajos o baterías, sino secuenciadores, sintetizadores y cajas de ritmo. Y en ese ecosistema donde la electrónica a menudo peca de una rigidez matemática implacable, emerge Califato ¾.
El colectivo andaluz ha conseguido lo que parecía imposible: que el grid de la música de club respire al ritmo de unas bulerías. No se trata de poner un loop de palmas sobre un bombo a negra, sino de una deconstrucción absoluta donde la máquina se rinde al cantaor. A las puertas de su esperado concierto en el Jazz Cafe de Londres dentro del Flamenco Festival, nos sentamos a desgranar con ellos los entresijos de una propuesta visual, musical y social que no deja rehenes.
Achtung
Habéis construido una identidad visual y estética potentísima, casi tan reconocible como vuestras bases musicales. ¿Qué peso tiene esa iconografía a la hora de conceptualizar un nuevo trabajo?
Califato ¾
La verdad es que no nos pesa nada, porque tenemos bastante claro el camino que llevamos. Es un camino de descubrimiento, y nuestros principios no van a cambiar. La música es lo primero, y todo lo demás fluye a continuación de forma natural. Nos rodeamos de gente de nuestro entorno en la que confiamos plenamente, como Los Voluble o Pleiades Calling (La Bía en Roça). Es como cuando un guitarrista y un cantaor se entienden: surge la chispa. La gente que nos hace lo audiovisual sabe lo que nos gusta, encuentra el punto común y nos entiende perfectamente.
Achtung
Transitáis por ritmos muy dispares, desde el dub o el breakbeat hasta el drum and bass. ¿Hay algún palo del flamenco que se os resista especialmente a la hora de meterlo en vuestra “máquina”?
Califato ¾
¡Qué va! Eso ya te lo digo yo que no, que soy la flamenca del grupo [comenta Mª José, entre risas]. Hacemos de todo: soleá, seguiriyas, rondeñas, tientos, fandangos… Al final, si tú quieres y entiendes los códigos, se puede hacer de todo. El flamenco entra en todos lados: si tienes oreja y tienes compás, puedes meterlo donde te dé la gana. Hay un dicho que afirma que “un flamenco puede cantar en todos lados, pero no todo el mundo puede cantar flamenco”, y es así.
Achtung
Y en cuanto a la ejecución, ¿qué diferencia real hay entre cantarle a un guitarrista de carne y hueso y cantarle a una base electrónica?
Califato ¾
Con la electrónica tienes unas bases estructuradas, unos tiempos que tienes que respetar. Si tienes que entrar aquí, entras aquí, no te puedes explayar tanto. Un guitarrista te sigue a ti. Nosotros en el flamenco clásico sabemos que el músico sigue al cantaor. Por eso, lo que intentamos hacer al producir es adaptar la electrónica al cantante para que suene natural. Construimos la canción y luego, literalmente, empezamos a destruir la electrónica, rompiendo esa matemática estricta para adaptarla a la visceralidad del cante
Achtung
Vuestros directos son pura catarsis. ¿Cómo se mantiene esa energía de club electrónico sin ahogar el pellizco orgánico del flamenco?
Califato ¾
Es que la nuestra es una fiesta continua. Lo planteamos como una rave, pero también como una bulería, como un fin de fiesta. Cantamos igual con electrónica que con una guitarra, un piano o unas palmas. Nuestra voz y nuestro sentimiento son los mismos, no impostamos nada. No hay fricción, simplemente nos adaptamos a su base y ellos se adaptan a nosotros. Es una simbiosis.
Achtung
Siempre os habéis posicionado de forma clara en temas como la vivienda, la Ley Mordaza o el genocidio en Gaza. Hoy en día sois de las pocas bandas con ese nivel de altavoz que se moja sin concesiones.
Califato ¾
Es que no tienen cojones a que les echen mierda o a que hablen de ellos. Vivimos en un mundo donde cualquier cosa se puede usar en tu contra, y la gente, por miedo a represalias, se vuelve más estúpida y se inmoviliza. Nosotros no pretendemos abanderar las luchas de los demás, pero sí apoyarlas. Nos sale natural, venimos de donde venimos y hemos mamado lo que hemos mamado. No nos vamos a callar. Sabemos que esto nos ha perjudicado a nivel profesional, cayéndonos de grandes festivales, pero nos compensa más no callarnos y señalar las injusticias.
Achtung
En breve os plantáis en el Jazz Cafe de Londres. ¿Cómo reacciona el público extranjero, el que no entiende el idioma, a vuestra idiosincrasia tan andaluza?
Califato ¾
Pues va a estar lleno de andaluces y españoles [risas]. Pasa igual que cuando tocamos en el norte de España: la emigración genera una nostalgia increíble. Vimos el otro día a una mujer llorando con su marido porque llevan 33 años fuera y escuchar la música de su tierra les rompe. Para el extranjero que no entiende la letra, la música es universal. Igual que nosotros de pequeños escuchábamos temas en inglés sin entenderlos y nos transmitían, a ellos les pasa igual. El flamenco y la rave tienen un lenguaje común que es el sentimiento.
El flamenco no se toca con metrónomo, se toca con respiración, con silencios que pesan tanto o más que los golpes en la tapa del cajón o la madera de la guitarra. Al destruir la electrónica para subordinarla al pulso del cantaor, Califato ¾ no está haciendo un mero corta-y-pega folclórico. Están firmando un tratado de respeto absoluto hacia la raíz, demostrando que la modernidad no consiste en obligar al flamenco a sonar a máquina, sino en enseñarle a la máquina a sentir por bulerías.
Su valentía no termina en la mesa de mezclas. En una industria asfixiada por el miedo a la cancelación y obsesionada con la asepsia comercial, su verbo afilado contra la censura, el drama habitacional o las injusticias globales los convierte en verdaderos herederos del espíritu más contestatario del rock y del cante jondo. Califato ¾ demuestra que, ya sea con una guitarra acústica entre las manos o rodeados de sintetizadores iluminados, la revolución, la de verdad, sigue llevando compás.







