Me resulta fascinante como una pieza de danza que, básicamente, se limita a exponer qué tan lejos han llegado Vanesa Aibar y Enric Monfort en sus investigaciones y momentos de complicidad conjunta, consigue transmitir cosas que cualquier comentario nos abocaría a una hilera de adjetivos que sólo aportarían el entusiasmo que ha suscitado en sus espectadores, más que un contenido que aspire a cierta universalidad.
Que quede por delante que, a pesar de que uno podría proponerse elaborar una hermeneútica de lo que se representa en La Reina del Metal o la creación del lugar en el que la vida puede suceder, ello sería una ardua tarea en la que, irremediablemente, parte de las cosas que sustentan a esta pieza se quedarían sin mencionar. Siendo que estos profesionales no nos “contaron una historia”, ni si quiera nos emplazaron a reencontrarnos con conceptos abstractos a los cuales recurrimos para relacionarnos con lo que nos ha hecho posibles. En cambio, yo me decantaría por afirmar que, Vanesa Aibar y Enric Monfort constituyeron en escena unas condiciones de posibilidad en las que emergerían situaciones en las que la estrecha alianza entre la danza y la música en directo, se van del alcance de, nosotros los espectadores, en todos los sentidos.
Vanesa Aibar y Enric Monfort fueron desplegando en escena una estructura en la que se vertebró las interpretaciones libres de pautas que habrán pactado con puntos de inflexión predeterminados que sacaron a relucir lo que ha de aspirar toda improvisación. Esto es: partiendo de algo que se ha trabajado de sobre manera durante años, se interpreta como si ello hubiese estado montado al milímetro, con una organicidad que ensalzaría el valor que contiene, con que el hecho escénico se ejecute en el aquí y en el ahora. Así, la danza no se supeditó a la música y viceversa. En realidad, ellos están en medio de un pulso continuo, en el que se desencadenaban grietas que “brotaron” lo que, nosotros los espectadores, identificaríamos como danza y música. Por ello era imprescindible que estuviesen conectados en ritmo y respiración, ya que aunque uno podría poner al límite al otro, en ningún momento se dio lugar a que haya una descoordinación entre ambos, a costa, por ejemplo, de que uno o el otro gane mayor protagonismo. Desde luego, es precioso y estimulante como el trabajo en equipo, como el enriquecerse mutuamente…, nos emplaza en una dimensión en el que uno más uno da mucho más que dos.
Al mismo tiempo, fueron consumando una especie de “ritual catártico” en el que Vanesa Aibar y Enric Monfort se iban desprendiendo de varias de las “capas” con las que entraron en escena. A riesgo de que suene contradictorio, ello lo entendí mejor cada vez que Vanesa Aibar se “calzaba” alguna de las esculturas metálicas de Susana Guerrero, que estaban dispuestas por el espacio en el que se desarrollaban los hechos. Signo de que todo lo que se necesita lo tenemos a mano, basta haber conocido y haber experimentado con nuestro entorno, para transformarlo y generar algo que estaba en potencia. De tal forma, que estos profesionales compusieron una dramaturgia con contribuciones de Guillermo Weickert, en la que daba la impresión de que todo podría pasar y era necesario que pasase, de que La Reina del Metal no dejará de estar en funcionamiento. Eso sí, hasta la siguiente vez que se represente, no tenemos manera de corroborarlo.
La Reina del Metal es de esos trabajos que podrían durar media hora o tres horas, pues, las pautas con las que operan Vanesa Aibar y Enric Monfort son tan fecundas, que como ellos se atrevan a no ponerse límite de tiempo un día de estos, como mínimo, traspasarán un “portal” que les conduciría a una creación enmarcada en otro paradigma, y así hasta el infinito. De verdad, La Reina del Metal es un trabajo monumental, maduro, ingenioso y que pone el listón bastante alto, de cara a las próximas creaciones a las que estos profesionales emprendan. Empezando por eso de que consiguieron el Premio Max a mejor espectáculo de danza, en la edición que se celebró en el presente año.



