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OPEN ARMS Una misión a contracorriente retrata una década de rescates… y un fracaso político de nuestra sociedad. El libro de Editorial Blume está dividido en tres partes —Héroes, Villanos y Fuera del mar—, combinando imágenes y relatos para recorrer diez años de rescates en el Mediterráneo. Sus páginas ponen sobre la mesa una realidad muy incómoda: algo tan básico como salvar vidas se ha convertido en motivo de persecución.

 

Todo empezó con una imagen que todavía se nos queda grabada. El 2 de septiembre de 2015, el cuerpo sin vida del niño Alan Kurdi apareció en una playa de Bodrum. Aquella fotografía dio la vuelta al mundo y nadie pudo apartar la mirada. Durante unos días, Europa reaccionó. Hubo palabras grandes: humanidad, responsabilidad, acogida. Parecía que algo iba a cambiar. De ese momento nace Open Arms. Diez años después, las cifras impresionan: más de 72.000 personas rescatadas y decenas de misiones en una de las rutas más peligrosas del mundo. Pero lo que más pesa no son los números, sino que la tragedia no ha desaparecido. Se ha vuelto habitual. Y eso duele.

 

 

¿Qué se te pasaría por la cabeza si cayeras al agua, de noche, en medio del Mediterráneo? Imagina que todo está oscuro y que lo único que ves es la luz del barco que se aleja; lo único que oyes es el ruido del motor que desaparece, poquito a poco, hasta que solo queda el profundo silencio del mar. En un parpadeo, la luz se pierde en el horizonte. Estás solo, a oscuras, rodeado de agua. Y sabes que nadie va a venir a por ti. Piénsalo.

Marcos Chércoles Socorrista
(Este texto fue escrito tras el rescate de Aladín, el 18 de noviembre de 2015)

 

 

Open Arms llegó porque alguien decidió retirarse. Los Estados europeos fueron disminuyendo poco a poco sus operaciones de rescate y cambiando el foco hacia otra cosa: el control de fronteras. Ahí entran las ONG. Y lo que es más curioso: no solo salvan vidas, también señalan una ausencia. Cada intervención deja una pregunta en el aire: ¿por qué esto tiene que hacerlo una organización civil?

Con los años, la percepción se torció. Lo que al principio era visto como algo evidente y necesario pasó a generar recelos. Llegaron las retenciones de barcos, las sanciones, los bloqueos en puertos, los procesos judiciales. Y, al mismo tiempo, se impuso la cantinela de que rescatar personas podría fomentar la migración irregular, el famoso “efecto llamada”. El problema es que esa idea se repite más de lo que se demuestra. Pero funciona. Porque cambia el foco. Convierte a quienes rescatan en parte del problema y deja de lado lo realmente importante: por qué tantas personas se juegan la vida en el mar.

 

 

 

En aquel momento, tanto Italia como Malta negaban el acceso a los barcos de organizaciones humanitarias. El Open Arms solicitó al Gobierno español permiso para desembarcar en Barcelona y la operación fue autorizada. Muchas personas nos ayudaron. No tengo palabras para explicar todo lo que hicieron. Yo entonces no hablaba español, solo un poco de inglés. Siempre estuvieron ahí para apoyarnos, siempre.

Hazrat Ali. Superviviente

 

 

Mientras tanto, Europa ha afinado otra estrategia: la externalización. Es decir, desplazar el control migratorio a terceros países, muchos de ellos con pocas garantías de derechos humanos. El resultado es difícil de encajar sin cierta incomodidad. Por un lado, se alejan las fronteras. Por otro, se pone trabas a quienes intentan salvar vidas en el Mediterráneo. No es un fallo puntual, es una forma de funcionar.

Paralelamente, Open Arms ha ampliado su trabajo a otros territorios en crisis —Ucrania, Gaza, África, Asia, Dana en Valencia, Cuba— y se ha consolidado como actor humanitario internacional. Pero el Mediterráneo sigue siendo su epicentro. Porque allí ocurre algo que ya casi no sorprende: miles de personas siguen muriendo cada año en una de las fronteras más vigiladas del planeta. Y los que intentan evitarlo tienen que dar explicaciones constantemente.

 

 

 

No pensábamos en leyes ni en fronteras, solo en respirar junto a otros, en que aquel niño, aquella mujer, aquel hombre, pudieran sentir que estaban a salvo y volver a notar el calor del sol sobre la piel.

Oscar Camps. Fundador de Open Arms

 

Este libro no debería existir. Y, sin embargo, está aquí. No porque carezca de valor —lo tiene, y mucho—, sino porque documenta algo que no debería haberse normalizado. El fracaso de toda la sociedad:

  • Una Europa que presume de derechos pero permite situaciones límite en sus márgenes.
  • Una política migratoria que controla, pero no protege.
  • Un relato que ha conseguido que se dude de si salvar vidas es siempre incuestionable.

 

 

 

Empatía, amistad, compañerismo, compromiso, palabra, valentía. Estos son algunos de los términos con los que puedo describir lo que para mí significa Open Arms.

Ricardo Sandoval Secchi. Capitán del Open Arms

 

Y aun así, Open Arms sigue. Rescatando. Denunciando. Estando donde otros no llegan. No como solución definitiva, sino como señal de que algo no funciona. Porque al final todo vuelve a la misma pregunta, y sigue sin respuesta clara: ¿Qué valor tiene una vida cuando viene de fuera?. Mientras eso no cambie, este libro y la propia organización seguirán siendo necesarios. Aunque, en el fondo, ojalá no tuvieran que serlo.

 

 

 

Rescatamos tres barcos, uno detrás de otro. Las causas médicas se agolpaban. Desde tuberculosis hasta tumores craneales, neumonías, balas en los pies, quemaduras de segundo o tercer grado, embarazadas de nueve meses a punto de parir, una eventración, ataques psicóticos, aparte de los ataques de ansiedad, bebés con bronquiolitis…

Iñas Urrosolo. Médico y voluntario

 

Los beneficios obtenidos con la venta de este libro están destinados íntegramente a Open Arms

 

 

 

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