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Rocío Molina es una diosa. Y así aparece desde que pisa el escenario. Es, hoy por hoy, la gran bailaora del flamenco contemporáneo. Sevilla se volcó con ella este fin de semana, demostrando que la ciudad está rendida a sus pies en el Teatro Central.

 

Allí estrenó Calentamiento, una pieza mínima en apariencia, arropada por cuatro intérpretes —casi ángeles— y por el gran Oruco.

De Pina Bausch se decía que sus brazos valían un imperio. Yo sostengo que las piernas de Rocío Molina valen un imperio.

Con un taconeo aparentemente simple —que se extiende durante 35 minutos— despliega toda la excelencia de su arte. En ese gesto insistente condensa la grandeza, la dificultad y la potencia de su propuesta: un manifiesto físico sobre el hecho de empezar. Empezar una y otra vez. No dejar nunca de empezar.

 

Foto: Simone Fratini

 

Rocío revela la delicadeza, la sensibilidad y la finura que habitan en su baile, pero también el delirio que la empuja a componer desde un lugar absolutamente personal y valiente. Lo que ocurre sobre las tablas del Central es el alma de una artista comprometida y desbordante de creatividad: un desnudo casi integral de su esencia que termina por estremecer al público.

Molina se divierte en escena. Se lo pasa bien: ríe, se deja llevar y juega constantemente, porque bailar —aunque a veces lo olvidemos— es algo profundamente gozoso. Quiere bailar siempre. Y busca a otras bailarinas que compartan ese impulso inagotable, que no se cansen nunca de bailar, que —como ella— sigan en movimiento hasta el infinito.

La obra termina, pero ella no. La gente se marcha y Rocío sigue; no dejará de bailar hasta que el último espectador abandone la sala. Porque su forma de saludar, de hablar y de amar es bailar, bailar y bailar.

 

Foto: Simone Fratini

 

 

Si, además, se rodea de nombres como Pablo Messiez en los textos, Niño de Elche en la música o Carlos Marquerie en la iluminación, difícilmente puede salir otra cosa que una obra mayor.

Calentamiento es una pieza atravesada por el flamenco, por cierta “modernura” consciente, por el descaro y la rebeldía. Y también por una fuerza que se percibe casi física, como cinco leones enfurecidos en escena. Esa energía arrolladora remite inevitablemente a Angélica Liddell: pocas veces se ve sobre un escenario una potencia tan ciclónica.

 

Foto: Simone Fratini

 

 

Baila, Rocío, baila.
Baila y no dejes nunca de empezar.

 

 

 

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