Seleccionar página

Lali Ayguadé y Lisard Tranis nos han representado una pieza tan hermosa como enigmática. En la que el mero hecho de estar vivo ya es un “acto poético”, que sólo se puede expresar más no comprender del todo. Así, estos profesionales saboreaban aquellas cosas que nos van moldeando, mientras nos damos cuenta que la vida siempre es dentro de un “nosotros”.

 

Para ello estos profesionales catalanes nos mostraron cómo se van sedimentando los recuerdos que nos han ido constituyendo en tanto individuos que precisamos dar y recibir afecto, construyendo espacios que nos revitaliza y nos confirma el valor que tiene la vida. En el camino habrán idas y venidas, sin embargo, las mismas podrían ser entendidas como un contexto en el que conocer a quienes nos acompañan, y en consecuencia, a nosotros mismos. ¿Realmente conocemos a esa persona que nos han acompañado durante toda la vida, o sólo hemos compartido con la misma escenarios más o menos similares? ¿Despedirnos de la misma o dejarla ir, es equiparable a afirmar que nos hemos muerto un poquito más? ¿Cómo distinguir a la codependencia del complementarse con los otros? Este tipo de preguntas abre implícitamente Runa sin pretender responderlas, ya que es una obra que funciona por “viñetas” en la que introducir diálogos sería una redundancia, o en su defecto, cerraría la posibilidad de que cada uno de los que integramos al público, pongamos las palabras en sus personajes como mecanismo de hacer de esta obra algo propio, un catalizador para comprendernos a nosotros mismos.

 

Foto: Lolo Vasco

Foto: Lolo Vasco

 

La generosidad de estos dos profesionales descansa en el representarnos escenas en las que no había manera de no querer formar parte de su familia, al mismo tiempo que íbamos restableciendo nuestra fe en el ser humano, sin que ello se lleve por delante todas las heridas que tenemos sin cicatrizar, o aún tener presentes los momentos que todavía no nos hemos podido redimir. Supongo que de lo que se trata es de ir adquiriendo la madurez suficiente para aceptar que esta vida no está para ser tratada como un objeto de consumo, sino más bien, como un efímero tránsito que se va menguando día a día. Entonces al igual que estos profesionales, «bailémosla» desde una ligereza que va trazando espirales por doquier, metáfora de que desde cualquier sitio en el que posan nuestros pies se tiene acceso a todos los lugares del universo, y también se puede amar a toda la humanidad queriendo a nuestros allegados. Si es que el presente es el único marco temporal habitable (el pasado ya fue, el futuro aún no es) y encima, las cosas son reconducibles en la medida en que nos reconozcamos como potenciales creadores de realidades y formas de entenderlas. Bastaba con detenerse en los momentos en que los personajes de Runa reflejaban a través de sus danzas lo que sucedía en sus respectivos foros internos, o cuando consumaban algo que reforzaba su vínculo bailando cogiéndose de las manos o durante una coreografía que interpretaban al unísono, signo de que conseguir complicidad con nuestros allegados es reconfortante.

 

Foto: Lolo Vasco

Foto: Lolo Vasco

 

En lo que se refiere a la puesta en escena, me pareció un total acierto que el diseño de iluminación de Conchita Pons estuviese al servicio de representar el paso de los días, de los años…, en una habitación en la que convivían y se desarrollaban sus personajes. En esta misma línea, la composición musical de Miguel Marín Pavón hacía algo universalizable cosas que sucedían en la intimidad de estos dos personajes, al mismo tiempo que se fundía con todo lo que estaba dispuesto en escena. Es decir: una vez más la música de este profesional andaluz, se presenta como un elemento imprescindible para la materialización de la dramaturgia de la pieza en cuestión, no un mero acompañante con el fin de que los intérpretes se “luzcan”.  

 

 

Averno de Marcat Dance y la importancia de reposar las creaciones antes de estrenarlas

 

 

Comparte este contenido