Seleccionar Página

The Prodigy regresaron el viernes 17 de julio a la Plaza de España de Sevilla con una dificultad poco habitual: competir contra sí mismos. Dos años después de su anterior actuación allí mismo, la mítica e inflamable banda británica, dirigida por Liam Howlett y encendida por Maxim, volvió al mismo escenario con un espectáculo no demasiado distinto, pero igual de arrebatado.

 

No fue exactamente el mismo concierto, aunque sí el mismo mazo barajado de otra manera. The Prodigy reorganizaron con oficio un repertorio prácticamente calcado para que la sacudida no pareciera una simple repetición. Y vaya sacudida: quince de las diecisiete canciones ya habían sonado en su anterior visita a ICÓNICA; «Spitfire» y «Diesel Power» fueron sustituidas por «Need Some1» y «Comanche».

También se mantuvo la concepción monumental del espectáculo. Las columnas, las torres y la amplitud del recinto quedaron transformadas mediante las luces y las proyecciones en una especie de escenario industrial y futurista: imágenes apocalípticas, fogonazos, láseres… La fórmula conserva su capacidad para impresionar incluso cuando el factor sorpresa ha disminuido. Desde los primeros minutos quedó claro que el grupo posee uno de los repertorios más sólidos y uno de los directos más contundentes de la música electrónica. No se trata únicamente de volumen, que había para dar y repartir: la potencia sin control no sirve de nada. Los subwoofers situados a pie de pista aparecieron esta vez repartidos en dos filas, una delante de otra, y no apilados como en 2024. La sensación fue de unos graves algo menos demoledores y más controlados. Y esto es importante: la música de The Prodigy está construida para transmitirse mediante golpes, impulsos y cambios de presión. Las canciones no parecen sucederse, sino abalanzarse unas sobre otras. Los ritmos se acumulan, los bajos adquieren una consistencia casi material y la guitarra de Rob Holliday y la batería de Leo Crabtree refuerzan la impresión de estar ante una banda de rock en directo, aunque sometida, en el mejor sentido, a la lógica de una rave.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

La organización escénica volvió a basarse en el contraste entre Liam Howlett (cerebro) y Maxim (músculo). El primero permanecía refugiado tras sus de aparatos electrónicos; el segundo recorría el escenario como si necesitara ocupar simultáneamente cada uno de sus palmos. Aunque la escena parezca dominada por el desorden y la violencia, detrás de cada estallido existe un mecanismo cuidadosamente programado. Howlett continúa dirigiendo desde una discreción engañosa. Apenas necesita abandonar su posición para controlar el desarrollo de un espectáculo que depende por completo de su arquitectura sonora. Desde allí lanza bases, samplers, distorsiones y secuencias con una precisión que impide que el caos aparente pierda su estructura. También se encargó de un par de solos de sintetizador con un marcado regusto analógico.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

Al otro lado está Maxim, convertido desde hace años en el centro visible de The Prodigy. Su presencia vuelve a resultar decisiva: es ya la única voz principal que enciende y mantiene el fuego. Grave, imperativa y percusiva, atraviesa incluso los momentos de mayor densidad instrumental. Maxim mantiene viva esa mezcla de amenaza, teatralidad y conexión directa con la audiencia que siempre ha formado parte de la identidad del grupo. No ocupa el escenario únicamente como cantante, sino también como agitador encargado de mantener en movimiento a la banda y al público, especialmente a unas primeras filas cuyos integrantes reciben los apelativos de «fighters» y «warriors». Poca broma con los pogos electrónicos: quedan avisados.

El problema —y, al mismo tiempo, la virtud— es que casi todo esto ya lo habíamos visto, pero si habíamos vuelto, sería con buenas razones. Quienes asistieron a la actuación de 2024 pudieron reconocer no sólo las canciones y los recursos visuales, sino también buena parte de los movimientos del espectáculo. Los momentos de aceleración, las pequeñas treguas, las arengas de Maxim y la construcción del tramo final siguieron un recorrido conocido, compuesto por canciones completas, fragmentos, insinuaciones y remezclas.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

El homenaje al fallecido Keith Flint durante «Firestarter», por tanto, no fue una sorpresa, sino un rito de despedida ya incorporado a la ceremonia de The Prodigy. La continuidad tras su muerte ha quedado sobradamente demostrada: ya no es necesario preguntarse si el grupo puede seguir funcionando sin él. The Prodigy no han intentado sustituirlo ni borrar su importancia, sino organizar el directo alrededor de los elementos que permanecen: la dirección de Howlett, la capacidad escénica de Maxim y un repertorio suficientemente poderoso como para sostener toda la actuación.

El público tampoco pareció acudir en busca de novedades. Buena parte de los asistentes pertenecía a la generación que conoció al grupo durante los años noventa, acompañada ahora por oyentes bastante más jóvenes. Para unos, aquellas canciones forman parte de una memoria musical compartida; para otros, continúan funcionando como puerta de entrada a una época en la que la electrónica, el punk y el rock dejaron de presentarse como territorios incompatibles.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

Ahí se encuentra una de las razones por las que The Prodigy pueden permitirse repetir. Su repertorio ha alcanzado una condición canónica. El público no exige necesariamente una transformación, del mismo modo que tampoco se espera que una banda histórica de rock renuncie a sus canciones fundamentales. Se acude para escuchar determinados temas, recibir determinados golpes rítmicos y participar en una ceremonia cuya eficacia depende, precisamente, de que ciertos elementos permanezcan reconocibles.

Persiste cierto empeño en concentrar lo mejor de The Prodigy en la etapa que culmina con The Fat of the Land, pero el repertorio de la noche desmintió esa idea. Aquel álbum fue su primer impacto verdaderamente masivo, el gran estallido que los convirtió en un fenómeno global; sin embargo, los trabajos posteriores están muy lejos de ser menores. Canciones como «Get Your Fight On», «Roadblox» o «We Live Forever» igualan, como mínimo, la contundencia, la energía y el alma de aquella primera edad dorada.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

No hubo demasiadas sorpresas, y tampoco se buscaban. The Prodigy regresaron para hacer lo que mejor saben hacer y volvieron a hacerlo de manera arrolladora. Pocas bandas pueden recorrer dos veces un camino casi idéntico y conseguir que siga pareciendo peligroso. La máquina continúa funcionando: sigue siendo ruidosa, física y devastadora, como una demolición controlada convertida en banda sonora de una película de Mad Max.

 

 

Comparte este contenido