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Hace poco dimos un breve repaso a la historia de la música dance y electrónica cuando vino a este mismo festival Boris Brejcha. A The Prodigy los ubicamos en 1990, en Essex, Inglaterra, bajo la dirección de Liam Howlett. La banda evolucionó desde sus raíces en el rave y el techno hacia un sonido más variado, integrando influencias de los géneros electrónicos más rebeldes y el punk rock.

 

El primer álbum de The Prodigy, Experience lanzado en 1992, incluía éxitos como Charly y Out of Space. Pusieron de moda el «toytown techno», es decir, mezclar con la música samplers de dibujos animados. En 1997, The Fat of the Land alcanzó un exitazo enorme y dejó una marca indeleble en la cultura popular, consolidándose como una obra fundamental tanto para la banda como para la música de finales de los años 90. Un legado que aún continúa.

El álbum destrozó barreras entre géneros, consiguiendo un sonido que era todo un Mad Max musical. Como se decía de Nevermind de Nirvana, el CD lo podía tener lo mismo un alto ejecutivo que un adolescente que va al instituto. Los siguientes álbumes están eclipsados por The Fat of the Land, lamentablemente, pero guardan la creatividad de Howlett, ahí es nada, y son continuistas en espíritu, pero con muchos matices. Quizá usted, querido lector, también los ha pasado por alto. De todos modos, estos trabajos les mantienen como atracción principal de festivales y sus conciertos son todo un éxito. Y su prestigio sigue intacto.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

Llegamos a la noche de la actuación. Después de que se desvelara el enigma de tal resultado de fútbol (que se proyectó en el recinto e hizo que se retrasara el espectáculo media hora larga) quedaba otra incógnita; saber cómo era The Prodigy sin el fallecido e icónico Keith Flint, sin su voz y sin su presencia escénica. De esto hablamos un poco más adelante. No nos quedó ninguna duda de que Maxim es el centro de atención por su dinamismo corporal y su voz sobrenatural, autoritaria y magnéticamente poderosa. Sobre el escenario también estaba Leo Crabtree, quien se encarga de la percusión. Este es uno de esos músicos que hacen reflexionar sobre la ingeniería impresionante de las baterías. Era asombroso cómo resistían los baquetazos de Leo sin caerse en mil pedazos. A las miles de distorsiones de guitarra, estaba el afamado Rob Holliday. Liam Howlett, el discreto cerebro de este prodigio, se escudaba tras un ejército de aparatos eléctricos y electrónicos, lanzando trallazos y samplers.

El recital se resolvió sin incidentes… Vamos a ver, esto no era una actuación de Loreena McKennitt. Además, los ánimos estaban bastante calmados tras lo del partido, así que había una euforia añadida. El repertorio no giró en torno a The Fat of the Land, pero por poquito fue el que más se oyó interpretado en la sevillana noche de La Plaza de España. Invaders Must Die y Music for the Jilted Generation le siguieron de cerca.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

La sombra de Maxim comenzó con Breathe, que cayó como la espada de Damocles sobre el público. Luego Omen, seguida de la poderosísima Spitfire. Y entonces llegó el momento de ‘Flinty’ cuando sonó un fragmento de Firestarter: la proyección láser de la imagen de Flint durante este tema fue un homenaje que mantuvo viva su presencia. Fue como un mensaje que transmitía veneración, pero también continuidad. Así que el setlist se centró en canciones donde Maxim fue el vocalista principal. Otros grupos que podrían haber basado su concierto en una serie de temas con samplers vocales, un holograma…

Momentos intensos, hubo un montón y medio más, como Smack My Bitch Up, por ejemplo. Quizá el momento álgido más inevitable de su repertorio. Otros pudieron ser No Good (Start the Dance) o Poison. Los momentos de menos BPM también se celebraron, como Diesel Power, que demuestra lo maestro que es Maxim con su voz potente, expresiva, percusiva y compulsiva.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

Y con parte de la juguetona Out of Space acabó el espectáculo de música frenética, energía desenfrenada, proyecciones fantasmales apocalípticas, impactantes efectos láser, luces, y la energía incontenible de lo que tenía en la cabeza Liam electroalquimista Howlett.

 

Concierto de primera y público de primera, con, básicamente, la generación que vio nacer a Prodigy y su descendencia. No nos podíamos perder a The Prodigy, porque su espectáculo, su fiesta, vaya, desafía las categorizaciones de géneros musicales de manera bestial. Su legado musical sigue siendo brillante, y su directo sigue siendo de categoría. También lo sería cuando pisaron Sevilla por primera vez en 1996. Más de uno lo podría confirmar ayer.

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